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(Photo Truthout.org/Seinforma)
Series Especiales
Corresponsales de Guerra reportan sentimientos desde el frente
Entrevista Exclusiva
JON LEE ANDERSON
"Toda la perversión humana posible está en la guerra"
Cronista de The New Yorker, Jon Lee Anderson es uno de los grandes reporteros de guerra contemporáneos. Sus libros son completos y documentados testimonios de diferentes conflictos bélicos en el mundo, incluso en Latinoamérica: Al interior de la Liga (1986), Zonas de Guerra: voces de los campos de matanza del mundo (1987); Guerrillas (1992); La tumba del León: Partes de guerra desde Afganistán (2002) y La caída de Bagdad (2004).
(Fotos Cortesía Jon Lee Anderson/Seinforma Canadá)
“Había cuerpos por todos lados y ancianos e inválidos en las casas. Entre todos (los periodistas) cargamos a los que no podían caminar y los acercamos a las ambulancias. Todos nos sentíamos un poco extraños, porque ‘intervenimos’ en la Historia; pero yo le decía a algunos que lo cuestionaban: Mira, esto es una emergencia humana, tenemos que hacerlo, no hay otra opción”.
Por Ana María Carrano / Seinforma Canada
Series Especiales*
Caracas, Venezuela.- Jon Lee Anderson tenía 27 años cuando sus manos comenzaron a sangrar inexplicablemente. Las gotas salían de unas diminutas y dolorosas grietas que se abrieron en sus palmas y en los extremos de sus dedos. Era 1984 y vivía en El Salvador, un país que estaba partido en dos. En medio de la guerra civil, la rutina era deslizarse entre asesinatos y bombas. Había convivido con los guerrilleros en la selva, bajo la lluvia espesa y el barro pegado al cuerpo. “Esa experiencia me hizo tomar un interés más profundo en el mundo guerrillero, en estos guerreros irregulares que se alzan en la montaña y optan por una vida aparte de un ejército convencional”. Había sobrevivido milagrosamente a algunas emboscadas y a otros encontronazos con el ejército que trató de acribillarlo junto a otros fotógrafos en un río.
El rastro de sangre sobre la piel de sus manos aparecía intermitentemente. Aparte de esos extraños estigmas, y de uno que otro dolor en el pecho, él se sentía bien, más o menos como siempre.
El lento desangramiento era la manifestación física de un estrés solapado, del que no estaba consciente. Parecía que las puntas de los nervios estaban perforando su epidermis tratando de salir y expulsar el exceso de adrenalina.
Anderson aterrizó en Venezuela el 8 de octubre de 2007. Venía por una semana a presentar la edición en español, revisada y ampliada, de su documentada biografía sobre el Che Guevara (Che Guevara. Una vida revolucionaria). Pude entrevistarlo el penúltimo día de su estadía, en el lobby abierto del hotel Continental, un edificio cincuentoso ubicado en el corazón de Caracas.
El hablar pausado del reportero mezcla tantos acentos que resulta difícil identificar el origen de su aprendizaje del castellano. Su mirada permanece concentrada en la conversación y se esfuerza por recrear cada episodio con todos los detalles que acuden a su memoria.
Me extiende sus manos para que pueda ver las minúsculas cicatrices que le dejaron los estigmas. Al acercarme advierto que las heridas secas atraviesan levemente sus huellas digitales; apenas perceptibles a unos diez centímetros de distancia, son unos surcos muy delgados que pudieran confundirse con las líneas de la mano. “Uno se va adaptando. Mis dedos ya no se desangran, pero de vez en cuando se me han puesto rojizos y con puntos”.

“Nunca me ha tocado matar, pero estaría dispuesto a hacerlo si fuera necesario”, confiesa el reportero, curtido en la guerra durante los conflictos armados centroamericanos de los años 80.
Hijo de un diplomático experto en agricultura y programas de asistencia (“muchos dicen que era de la CIA pero no me consta”) y de una escritora de libros infantiles, de niño tuvo el itinerario peregrino de su familia. Nació en California el 15 de enero de 1957, pero cuando tenía dos años sus padres se mudaron a Corea; a los cuatro, a Colombia; a los cinco, a Taiwan... “Cuando tenía diez años hacía un periodiquito en el barrio. Mi mamá me ayudaba a tipearlo. Despachaba a mis amigos y hermanos como reporteros. Escribía poesía, pero estaba como disperso. Ella siempre me decía: Jon eres escritor, eres escritor. Pero igual yo era un chiquillo y quería aventuras también. No llegué a adquirir equilibrio hasta los veintipico de años, que conseguí mi primer trabajo en Lima”.
A los once años regresa a su país de origen. Fue el año que murió Robert Kennedy y Martin Luther King. “Mis padres eran muy antiracistas y progresistas, muy anti-Vietnam. Apoyaban lo que predicaba King y eran simpatizantes de los Kennedy. Al año fuimos a Indonesia, pero tuvimos que ser evacuados por emergencias médicas, casi muero junto con mis hermanos por una enfermedad. No quería volver a los Estados Unidos. El año que había vivido había estado lleno de tragedias nacionales y no me había gustado. Me encontré con vecinos llenos de prejuicios raciales y tuve muchas peleas en el colegio”.
Sus padres se residenciaron en Washington y a los doce años se escapó de la casa, en un afán de aventura y de independencia. “Iba a la montaña, quería vivir a lo salvaje, cazando animales”. La policía lo devolvió a Washington. Siguieron otras tres o cuatro escapadas, hasta que finalmente le propusieron enviarlo a África con un tío que vivía en Liberia. Se escapó nuevamente y terminó viviendo en la tribu del cocinero de su tío “monte adentro”. “Es increíble pensarlo hoy en día, pero yo deambulé solo en África a los 13 años por dos meses”.
A los 15 años salió de Miami y tomó camino nuevamente a África para encontrarse con su hermana Michelle (que estaba en una tribu en Togo), pero naufraga en Canarias. Pasó cinco meses viviendo en la calle y durmiendo entre las redes de los pescadores en el puerto. “Incluso traté de ser choro. Unos magrebíes que me conocían trataron de instruirme para robar carteras, pero no lo hacía bien. Salí de esa experiencia con escorbuto, que en ese momento era para mí como una estampa de orgullo, porque nadie lo tenía desde los marineros de Colón”.
Su familia llegó a pensar que había muerto. Su hermana se fue a buscarlo y lo encontró deambulando en una calle y lo envió de regreso a Estados Unidos, con su mamá. “Salí de allí un poco antisocial. Decía yo que no me gustaba el dinero ni las ciudades. Me sané yendo a Honduras y viviendo en la selva por ocho meses, con una especie de tío que me invitó a vivir como un campesino. Me ganaba un dólar al día trabajando. Aprendí a usar machete, remar cayuco en el mar y trepar cocoteros. Lo hice bien y me gustaba; me hacía falta. Eso era lo que andaba buscando cuando me quedé náufrago en Canarias”.
“Yo llegué a tener una concepción de mi vida que tenía que experimentarlo todo, y en carne propia. Todas las emociones, todas las experiencias. Y me hice listas. Algunas de las cosas las he ido cumpliendo y otras no. Cosas obvias como trepar el Everest antes de los 18 años o bajar al Amazonas -claro, por remo-, cruzar el Sahara de Oeste a Este en camello, ir a la prisión o ser minero de carbón en Gales. Lo de la prisión era por tratarse de una experiencia universal, Además, en los hombres influyentes que yo había leído (me encantaban las biografías), esos eran aspectos muy importantes de su formación. Yo pensaba que necesitaba una suma de experiencias para formarme como hombre. Era una necesidad de querer vivir la Historia”.
Después siguió un viaje en balsa por Centroamérica con su hermano Scott y más adelante un paseo a Perú, donde el periódico Lima Times lo contrató para que escribiera crónicas de sus andanzas.
FUEGO EN LA CABEZA
La primera vez que estuvo en una guerra fue en Nicaragua. Tenía unos 25 años. Entró con la Contra desde Honduras, marchando de noche y escondiéndose de día. Se ubicaban entre barrancos y bosques cercanos a pueblos ocupados por los sandinistas. “Hacían encuentros con campesinos espías que recogían información sobre los blancos posibles en los pueblos. Era un grupo un poco nefasto. Llegué a entender que estaban armando una vulgar lista de asesinatos”. Después de una larga jornada de marcha bajo una lluvia incesante, de haberse caído en barrancos montones de veces, en una curva del camino vivió su primera emboscada.
“Mi reacción fue de shock. Me estaba cambiando las botas, más bien los calcetines. En el momento que se abrió el fuego yo estaba descalzo. En la penumbra no veía bien ni sabía lo que estaba pasando. Miré a mi alrededor y no había nadie, pero tenía fuego encima de la cabeza… Me di cuenta que todos estaban escondidos en un barranco cercano, y me decían: ¡Veeeeen! Y yo respondía: ¿Pero mis botas? Andaba con un fotógrafo mayor que me gritaba algo que no podía escuchar por las ametralladoras. ¿Queeeeee? …A la … brbrbrrrrrr, ¿Quéee? A la brrrrrrrrrr…. No sé cuánto duró eso. Al final escuché en una pausa: ¡Fuck the socks! En ese momento me di cuenta: Coño Jon, estás parado en un campo de fuego porque no te has puesto los calcetines… ¡Coooorre! Y corrí donde estaba él, dejando mis botas y los calcetines. Después de un rato alguien los rescató, me los puse en el barranco y cuando tuvimos oportunidad salimos corriendo… y corrimos casi cinco horas para escapar”.
EQUIPAJE A CUESTAS
“En la guerra se paga un precio alto por presenciar las cosas. A veces sólo hay diez segundos para reaccionar. Lo haces bien o lo haces mal, pero tienes que vivir con eso el resto de tu vida. Imagínate los que estuvieron en Ruanda, presenciaron la masacre y no hicieron nada por el miedo. Tienes que saber vivir con eso porque no hay manera de hacerte sentir bien jamás”.
El error que más le pesa a Jon Lee Anderson ocurrió en una pequeña aldea de Uganda. Era comienzos de 1986. Estaba recién caído el régimen y el Movimiento Nacional de la Resistencia había tomado el poder. La cruenta guerra civil que mantendría azotado al país por más de dos décadas estaba en sus inicios. La guerrilla del Ejército de Resistencia del Señor (LRA) tenía sus bases en el norte. Jon Lee se desplazó con un amigo fotógrafo hacia el noreste, cuando entraron a una aldea recién masacrada: los sobrevivientes apenas comenzaban a salir de sus escondites para encontrar a sus padres, madres y hermanos macheteados hasta la muerte. Pero antes de todo eso, se quedaron inesperadamente enfrentados ante una estampa desgarradora: el cuerpo totalmente desnudo de una anciana de más de ochenta años, visiblemente golpeada, quizás violada y muriéndose de sed.
“Eran como las 10 de la mañana, con un sol fuerte africano. La anciana estaba obviamente moribunda. Nuestra primera reacción no fue correr al río y traerle agua, sino de quedarnos allí como pasmados. Yo no reaccioné como un ser humano, quizás por el shock o por lo que sea. Eso me pesó y me pesará toda la vida, no haber reaccionado con rapidez. Pasaron como tres minutos antes de que llegaran otras mujeres de la aldea y la asistieran. Rex estaba tratando de tomar fotos, pero no tomó buenas imágenes, ni se atrevió a ponerse lo suficientemente cerca ni se atrevió a buscar agua. Nunca más tomó fotos. Eso fue demasiado para él, aunque ya tenía como doce años siendo fotógrafo de guerra. Hoy día es arquitecto. Nunca hemos vuelto a hablar sobre eso, pero yo sé que le afectó mucho. A mí me afecta pero lo comprendo”.
Desde entonces Jon cree haber reaccionado adecuadamente. Recientemente en el Líbano vivió una situación parecida: entró con un grupo de periodistas a una aldea bombardeada semanas atrás por israelíes. Había cuerpos por todos lados y ancianos e inválidos en las casas. Entre todos cargaron a los que no podían caminar y los acercaron a las ambulancias. “Todos se sentían un poco extraños, porque ‘intervenimos’ en la Historia; pero yo le decía a algunos que lo cuestionaban: Mira, esto es una emergencia humana, tú tienes que hacer esto, no hay opción aquí”.
CONDENA A MUERTE
Su hermano Scott, el mismo que lo acompañó en su aventura en río por Centroamérica, compartió con Jon la autoría de dos libros: Inside the Liga y Zonas de guerra. Para el primero dividieron el trabajo, pero en el segundo les tocó experimentar juntos la guerra: fueron de conflicto en conflicto buscando testimonios de civiles y actores políticos de ambos bandos.
Fue en el momento de mayor peligro que se dio cuenta que no le gustaba estar en el mismo sitio con alguien de su familia. Estaban en un campamento de los Tigres Tamiles (movimiento de la minoría étnica tamil que han luchado contra el gobierno cingalés por la independencia en el noroeste de Sri Lanka). A pesar de haber hecho todos los arreglos y contactos necesarios, notaron al llegar que el comandante guerrillero estaba enloquecido.
“Comenzó a insinuar que éramos espías. Tenía reclutados muchachos adolescentes. Uno tenía sólo 11 o 12 años. Inmediatamente sentí paranoia, que ahí no debíamos estar. Me sentí culpable. Tenía un poco el síndrome del hermano mayor. Para presionarnos y demostrar lo que hacían los espías, el hombre nos trajo a una mujer que obviamente habían golpeado muchísimo. Frente a ella anunció que la iban a matar al día siguiente por colaborar con el ejército y que la iban a volar viva utilizando una especie de fusible explosivo. Por aquellos años, a los chivatos o colaboradores los ataban a postes de luz y los volaban vivos. Ella comenzó a suplicar por su vida aprovechando nuestra presencia y ambos nos sentimos ante una situación difícil donde era nuestra vida o la de ella. Yo intenté argumentar que no la matara, pero él fue tajante. En un momento dado, teniéndola a ella frente a mí, arrodillada y sollozando, recuerdo que cerré la puerta y ya no la miré más. Es decir, la condené a muerte. No podía hacer nada más por ella. Luego puse todo mi empeño en tratar de sacarnos de allí. Estaba muy preocupado por mi hermanito menor. Fue una experiencia muy dura e impactante para Scott. Él ha visitado ese momento tanto en su ficción como en la no ficción. A la mujer la mataron al día siguiente”.
“No volvimos a estar juntos en una zona de conflicto, hasta el verano antepasado, cuando estaban atacando al Líbano. Mi hermano anunció que llegaba al poco tiempo de llegar yo a Beirut, y aunque sentí que no era buena idea, tampoco le podía decir que no viniera. De hecho, casi nos matan los israelíes con un misil. Tardé varios días tratando de sacarlo de allí. Prefiero no andar con familiares en guerra”.
A pesar de la difícil situación de Sri Lanka y del Líbano, Jon confiesa que lo más cerca que ha tenido la muerte fue en Gaza, Palestina, cuando fue confundido con un israelí y secuestrado en un campo de refugiados. Primero lo llevaron detrás de la mezquita para matarlo a pedradas, pero alguien lo reconoció. Ante la duda, todos bajaron las piedras y lo sacaron de allí, pero no lo liberaron, sino que lo entregaron a otro grupo de refugiados que lo llevó al techo de la misma mezquita para utilizar su cuerpo como escudo humano en un cruce de fuego con los israelíes. “No me alcanzó ninguna bala, felizmente”. Cuando lo bajaron, pasó por las manos de dos grupos más. Cuando vio los ojos de los últimos, entendió que eran sus verdugos. “Me iban a matar. En un momento, uno tuvo un desliz y me soltó por unos segundos que aproveché para huir corriendo hacia un callejón con bocacalle donde estaban los israelíes. Era algo así como veinte metros. Yo iba con pasos agigantados. Del otro lado, los israelíes comenzaron a agredirme porque había estado como palestino. Finalmente fui sacado por un coronel noruego de la ONU. Eso ha sido lo más cercano que he estado a punto de ser asesinado durante varias horas”.
MOLDEADO EN CENTROAMÉRICA
En los ochenta, Jon quería ir a todas las guerras, comenzando por América Latina. Después se interesó por la insurgencia de todo el mundo y más adelante hizo el libro Guerrillas, que fue un recorrido por frentes guerrilleros de diferentes partes del planeta. La primera vez que asumía un trabajo profesional que no implicaba que le tiraran balas fue en Cuba, mientras desarrollaba la biografía del Che. “Luego del 11 de septiembre todo cambió y yo sentí que era necesario que volviera a la guerra porque conocía esos sitios y podía contribuir algo. Si puedo ir a los conflictos donde están mis conciudadanos peleando y afectando tanto a esos países y al mundo considero que puedo hacer una contribución”.
“Hoy en día soy más calculador para escoger los conflictos. No voy a Sri Lanka por el hecho de que haya una guerra. Estoy muy consciente de los riesgos y hago un cálculo del interés público en los conflictos. Tengo que mediar entre mi espíritu de aventura y las otras responsabilidades. He decidido ir a Afganistán e Irak en estos últimos años porque son conflictos muy importantes para el mundo”.
“Cada guerra deja su cuota. Creo que la primera te marca mucho porque es como la primera pareja. En El Salvador y en Nicaragua, que fueron simultáneas, fui curtido, ‘cocido’ como un plato de arcilla en una hornilla. Después no cambias mucho. Allí tuve suficientes experiencias para comprender cuál era mi compás moral, cuál era la línea que no se debía cruzar y qué era aceptable en una guerra. Por ejemplo, creo que no se pueden cometer masacres, por más sentido militar, político, o lógica de la guerra que aparentan tener en un momento dado”.
“Algunas guerras las conozco como visitante y otras como residente porque he vivido o he pasado en esos lugares muchos meses. En El Salvador viví y en Irak también. Cuando vives en un conflicto se te penetra el drama de la gente común y te sientes hermanado con la población. Es ineludible. Esas experiencias me han hecho sensible para tomar en cuenta siempre a los civiles y para tener muy presente que la guerra es la peor de todas las suertes porque es la perversión de la normalidad”.
La paz, sin embargo, no es cosa fácil en alguien como Jon Lee Anderson. Para escribir La caída de Bagdad necesitó alejarse del agite de su hogar en Gran Bretaña, de su esposa, de sus tres hijos, de su perro Simba, del conejo egipcio y de sus tres gatas andaluzas. Paradójicamente, para encontrar la concentración y concluir el libro, buscó la paz en Bagdad.
ENTRE EL AZAR Y LA INTUICIÓN
Cuando Jon Lee vivió en El Salvador, acompañó durante algunos días al coronel Domingo Monterrosa, quien comandaba el Atlacatl, el mejor batallón del ejército salvadoreño. Un “héroe” para muchos, que tres años atrás había liderado la masacre de El Mozote, en la que ejecutaron a los más de 700 habitantes del caserío, en su mayoría ancianos, mujeres y niños.
Era octubre de 1984. Decidido a conocer a fondo al personaje y las razones de aquella masacre, Jon le acompañó durante la Operación Rescate, que buscaba expulsar a la guerrilla del norte de Morazán y eliminar la clandestina Radio Venceremos.
“Él era un tipo muy simpático, sin embargo arrastraba la mayor cola de asesinatos de todos los militares en El Salvador. Yo no podía entender cómo me podía caer bien el tipo y comprender al mismo tiempo que era un criminal de guerra. Mi fascinación por él rondaba en torno a ese dilema. Le gustaban los periodistas, pero había una especie de pacto de no preguntarle por la masacre. Yo quería escoger un momento para hablar sobre ese asunto”.
El último día del operativo, después de aterrizar en Joateca, el coronel fue a revisar el cementerio y regresó emocionado con el transmisor de Radio Venceremos, la emisora clandestina de la guerilla. “Lo vi tan eufórico que dije: Éste es el momento para preguntarle sobre la masacre. Y lo hice. Él, con una mirada de a buenos entendedores pocas palabras, me dijo: Mira, no es como dicen. Eso fue una tácita aceptación de que sí lo había hecho, pero que para él había atenuantes. Me hizo pensar que había logrado una cercanía con él y que podía sacarle el secreto”. Poco después el fotógrafo lo convenció, no sin algunas protestas, de volver a la capital para enviar su artículo, partida que le quitaba la posibilidad de seguir la conversa con el coronel.
A pocas horas de haber regresado a la ciudad escuchó la noticia de que Monterrosa y trece personas murieron cuando estalló el helicóptero en el aire, el mismo donde el periodista se había desplazado. “La transmisora que había pillado era una trampa con explosivos, manejada a control remoto. Creo que la sobrevivencia en una guerra depende mucho del azar y la intuición. En esta historia, no sé si fue suerte, azar o intuición, pero he pasado muchas experiencias en las que por no montarme en un avión o en un helicóptero, o por cambiar de idea a última hora, me ha cambiado la vida”.
VÍCTIMA Y VICTIMARIO
En Centroamérica también comprendió que había que rasgar la superficie y no tomar las cosas a primera vista. Esa relatividad se le hizo evidente cuando estuvo acompañando al comandante “Tigrillo”, de la Contra, “un un tipo rudo, forajido, muy bélico y carismático”.
Era temporada de lluvia en la selva. “El comandante andaba con su mujer, Marta, una treintona inteligente y guapa, que le seguía como una especie de esclava. Recuerdo que él iba en una mula y ella le seguía a pie. Cuando pasábamos por riachuelos, ella le lavaba los calcetines. Después de varios días, en un momento en que el hombre no estaba en el campamento, ella me explicó toda su historia. Este hombre, ‘Tigrillo’, la había raptado de una aldea donde era maestra, estaba casada y tenía dos hijos pequeños. Había visto como degolló a sus compañeros, por ser maestros pagados por el gobierno sandinista, y por lo tanto ‘enemigos ideológicos’. Tenía la opción de quedarse con él o morir degollada como los otros. En el año y pico que había transcurrido la había convertido, por supuesto, también en su mujer. Ella estalló en llanto. Todo esto lo contó frente a otro guerrillero que ‘era de confianza’. Es decir, entendí que había guerrilleros dentro de esa fuerza que eran obligados, coaccionados, pero que a primera vista eran consecuentes con lo que estaban haciendo”.
TODAS LAS EXPERIENCIAS EN CARNE PROPIA
Jon Lee ha sido siempre un nómada, un inmigrante. En muy pocas ocasiones ha permanecido en un lugar por más de tres años seguidos. “Vivir en tantas culturas me ha hecho muy adaptable. Considero que puedo vivir en cualquier lado, sin ningún trauma. Lo he hecho y puedo seguirlo haciendo. En cualquier parte siempre voy a ser el foráneo, el que llega de afuera, pero también soy el que puede ser aceptado después de un tiempo. Ese es el son de mi vida”.
“Aunque reconozco que he ido a muchas guerras, no voy a ellas porque lo sean, sino porque son Historia. Por eso eludo un poco la etiqueta de corresponsal de guerra. Antes tenía una noción ingenua sobre las guerras. Pensaba que si yo presenciaba suficientes conflictos podía llegar a alguna iluminación, a aportar algo que impediría que hubiese la necesidad de que éstos existan. He llegado a concluir que todos llevamos violencia y somos capaces de todo."
CONOCER EL CONFLICTO A TRAVÉS DE LOS PERPETRADORES
“Aunque reconozco que he ido a muchas guerras, no voy a ellas porque lo sean, sino porque son Historia. Por eso eludo un poco la etiqueta de corresponsal de guerra. Antes tenía una noción ingenua sobre las guerras. Pensaba que si yo presenciaba suficientes conflictos podía llegar a alguna iluminación, a aportar algo que impediría que hubiese la necesidad de que éstos existan. He llegado a concluir que todos llevamos violencia y somos capaces de todo. Algunos vivimos en burbujas de privilegios donde pensamos que no, pero dadas las circunstancias, todos somos capaces de matar. Nunca me ha tocado matar, pero estaría dispuesto a hacerlo si fuera necesario. No sé si eso es una especie de revelación, pero no es cinismo ni tampoco resignación”.
“En un conflicto nunca se puede llegar a entenderlo todo, pero lo que hay que tener un feeling, un afán de comprensión, y buscar a alguien, un grupo o un fenómeno dentro de ese caos. Lo que tienes que hacer es tratar de agarrar un hilo e intentar comprenderlo, e irlo jalando para seguir conociendo una parte”.
“Generalmente yo trato de estar cerca de alguien que tenga incidencia, de alguno de los responsables de la guerra y de la gente a su alrededor, para entender cómo concibe lo que está haciendo. Así aprendemos mucho del porqué del conflicto, a través de sus perpetradores. Creo que no aprendemos mucho de las víctimas”.
“Cuando hice el perfil de Pinochet quise sentarme con él antes de hablar con los demás; quería palparlo, husmearlo, sentirlo, olerlo yo, al hombre que era la causa. Yo siempre voy al que lo hace, no al que lo percibe, si es que puedo. A lo mejor me aparto para ver manifestaciones de ese poder, pero vuelvo siempre a la psique y a la idiosincrasia de ese individuo que está afectando al colectivo”.
“Pienso que entiendo cuáles son las causas de la violencia. No creo que la guerra tenga mucho más que enseñarme. Yo intento transmitir esas cosas que no salen en las películas. No ver ‘los buenos’ y ‘los malos’, ‘los nazis’ y ‘los aliados’. Esa otra cosa, la perversión de la existencia humana que está en la guerra, es lo que yo trato de sustraer y demostrar. Yo quiero confundir, impactar, hacer pensar a la gente para que nunca vuelvan a pensar en blanco y negro, que es lo peor que hay. Si tú dices: Estoy en este campo y aquellos que están allá son los malos y yo soy bueno, en realidad estás diciendo que en efecto ellos son eliminables. Y, por supuesto, los tuyos también son eliminables por ellos. Hay que evitar a toda costa llegar a una sociedad polarizada, el blanco y negro, porque en cualquier momento desemboca en una guerra civil”.
“La gente violentada es capaz de mucha violencia. Uno tiene que caminar sobre un terreno nuevo que no es muy claro. ¿Son víctimas o victimarios? Son las dos cosas a la vez. Cómo juzgarlos o tratarlos. En la vida normal, no existe nada que te prepare para eso. Eso es la guerra y eso es lo que trato de comunicar a la gente que no lo ha experimentado: toda la perplejidad y confusión moral; porque repito: es lo peor que hay. No puedes salir ileso de una guerra. Sales dañado. Y las sociedades que la padecen también salen dañadas. Por eso las consecuencias de las guerras las vemos durante décadas”.
A pesar de que las grietas de sus dedos parecen haber cerrado definitivamente, Jon Lee Anderson asegura que la mejor forma de aprender de las situaciones dolorosas que se presencian en las guerras es dejando las heridas abiertas: “No estoy a favor de las cicatrices, porque al cicatrizar uno va encerrando y guardando adentro esos momentos lastimosos y eso sí que es peligroso”.
Poco después de nuestra conversación, Jon regresó a su hogar en Inglaterra para retomar su rutina peregrina. Ya “curtido” frente al miedo y la posibilidad de enfrentarse a su propia muerte en cada destino, marchó a Irak donde permaneció algunas semanas para continuar presenciando la prolongada caída de Bagdad.
*Ana María Carrano es nuestra corresponsal en Caracas, Venezuela. Su actividad periodística siempre ha estado ligada al medio cultural venezolano. Dirige proyectos editoriales y magazines en su país.
LA IMAGEN
Entre tantas escenas desgarradoras, recuerda particularmente una que incluyó en La caída de Bagdad. Con una voz constante que fluye entre hondas respiraciones reconstruye las cruentas imágenes.
Entró en el Hospital de Bagdad, el único en funcionamiento, que recibía en ese momento a un montón de víctimas de bombas. Las enfermeras llevaban trabajando 24 horas seguidas. “A mi lado había un señor completamente desfigurado que parecía muerto. En una especie de cubículo con cortinas abiertas había una mujer tratando de lavar la sangre de otra con los senos abiertos, herida, lastimosamente herida. Y había mucha sangre. Era como si alguien hubiera entrado con cubos de sangre y los hubiera tirado por todos lados. Los médicos tratando de atender a una niña y a un niño de diez y once años. De pronto escuché unos gritos desgarradores, de llanto, de profunda tristeza, y alguien golpeando las paredes. Todos los médicos, todas las enfermeras, todo el mundo presente estalló en llanto. La madre estaba desconsolada porque los dos niños se habían muerto en ese momento. Eso fue lo más fuerte que he visto”.

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