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Ganador del Premio de Periodismo Rey de España 2008, Fran Sevilla ha cubierto conflictos armados en Centroamérica, Oriente Próximo, los Balcanes, Perú, Irak y Afganistán. Residió cuatro años en Jerusalén y actualmente es corresponsal de Radio Nacional de España (RNE) para América Latina.
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05/20/09
Por Ana María Carrano/Series Especiales Seinforma Canada
Caracas.- En diciembre de 2007 Fran Sevilla visitó Caracas por unos días para cubrir como corresponsal de Radio Nacional de España (RNE) el referéndum aprobatorio de los cambios propuestos por la Asamblea Nacional a la constitución venezolana. Estaba en juego la reelección indefinida, una de las grandes apuestas del presidente Hugo Chávez.
Una fuerte tensión se respiraba en el país y, desde la perspectiva de muchos periodistas internacionales, Venezuela podía encontrarse a las puertas de un conflicto armado: un proceso electoral y dos bandos que parecían no estar dispuestos a reconocer el triunfo del otro.
La historia fue otra: el chavismo reconoció la derrota y el país siguió más o menos igual que antes.
A pocos días de aquella votación me acerqué al hotel Altamira Suites donde se alojaba Fran Sevilla. Conversamos largamente cerca del restaurante. A pesar de ser un corresponsal de un medio radial, Sevilla ha logrado gran relevancia en su país. Su trabajo periodístico ha sido reconocido en varias ocasiones: recibió el Premio Víctor de la Serna al mejor periodista del año 2001; el Premio Anual 2001 de Derechos Humanos en la rama de periodismo otorgado por la Asociación Pro-Derechos Humanos de España; el premio Chirlillo Rodríguez 2001 al mejor corresponsal; el Primer Premio a la Libertad Luis del Olmo 2002 por la defensa de los valores de la libertad y la tolerancia y el Premio Cooperación 2002 otorgado por la Asociación de Periodistas Árabes del Club Internacional de Prensa. El más reciente lo recibió a mediados de 2008: el Premio de Periodismo Rey de España 2008 en la categoría de Radio por una investigación realizada en Ciudad Juárez, México.
Un oficio de artesano
Para Sevilla, todas las guerras son iguales en algo: siempre hay víctimas inocentes de las que nadie se acuerda.
“Para ser un buen periodista -no digo corresponsal de guerra, porque ese término no me gusta mucho- tiene que haber un compromiso ineludible con las víctimas. Si ese compromiso no está claro, entonces no estás haciendo bien tu trabajo. O entonces estás haciendo otro tipo de trabajo que no me interesa. A mí no me interesa la espectacularidad, ni los bombardeos, ni las grandes decisiones geoestratégicas militares. Son importantes, las procuro conocer y contarlas también, pero todo eso no es nada si la cobertura de un conflicto bélico no ejerce su compromiso con las víctimas”.
Sevilla ha estado cerca de los dos grandes conflictos de los últimos años: Irak y Afganistán. Dos guerras que a su juicio han estado más cerca del espectáculo y de la propaganda que del drama humano. “Conflictos mediáticos”, señala. “Los dos sitios me parecen inadmisibles en términos periodísticos. Son conflictos terribles, brutales, pero su reflejo en los medios de comunicación tiende al espectáculo y se vacían de contenido. Son conflictos mediáticos también en el sentido que los medios de comunicación se han convertido en medios de propaganda En los medios de comunicación hay una especie de pirámide, en cuya cúspide están las cadenas estadounidenses y de allí para abajo siguen los demás medios de mundo; pero la tendencia la marcan ellos, nos guste o no nos guste. Eso pasa en un mundo comunicativamente globalizado. Así que claro, ese tipo de guerras pareciera que no tuviera esa carga dramática. En Estados Unidos no ven la violencia, no ven muertos, no ven sangre”.
“A mí me sorprendió mucho que en Irak, en el año 2003, los grandes medios retiraron a toda su gente dos días antes de la invasión, renunciando a contar lo que iba a ser lo más importante: estar en Bagdad contando cómo se vivía todo desde dentro, cómo iban a ser los bombardeos. Luego regresaron, pero con las tropas estadounidenses. Recuerdo a un personaje muy conocido de CNN que llegaba en un coche militar y a un soldado llevándole las maletas. Allí me di cuenta cómo los medios de comunicación renuncian a convertirse narradores de la realidad para transformarse en propagandistas de lo que está pasando”.
“Yo no me opongo a que los periodistas sean famosos; me opongo a que el periodista se convierta en protagonista. La televisión es un medio que tiende al protagonismo de los periodistas. Con la influencia de televisión se trastocan los papeles. Hace un tiempo, si eras famoso salías en televisión. Pero ahora es al revés: eres famoso porque sales en televisión”.
Más que defender la profesión periodística, lo que Sevilla defiende es el oficio: “una concepción casi artesanal del periodismo donde uno, a través de pequeñas historias o de grandes historias, vas conformando una realidad, que se parece, lo más cercano, a la realidad que existe. Las cadenas de televisión hacen una realidad virtual que no tiene nada que ver con la realidad de calle”.
“El periodismo de guerra sirve dependiendo del periodismo que se haga. El que yo suelo hacer sirve como denuncia de un mundo injusto, cruel y brutal. Las cosas no surgen porque sí, no son generación espontánea. Siempre hay un por qué, una razón, que normalmente tiene que ver con la injusticia, con la exclusión y con la miseria. El periodismo de guerra sirve para a través de las historias de la gente que padece, hacer entender a la gente que nos escucha, que nos lee o que nos ve, que la guerra no sirve para nada, que generalmente tiene un origen injusto y casi siempre un desenlace injusto”.
Aprendizaje de vértigo
El primer conflicto armado que le tocó cubrir a Sevilla fue el de Nicaragua, entre sandinistas y la Contra, en el año 83. Poco después siguió Guatemala: “Eso sí me marcó definitivamente. Estuve bastante tiempo con la guerrilla en la montaña. Yo era muy joven entonces. Tenía 24 años y esa guerra me marcó profesional y humanamente. Yo venía de una España que había salido de la dictadura, que se consolidaba en democracia y había aprendido a respetar al otro, a sus valores; venía de una Europa llamémosla ‘civilizada’ en conflictos -por lo menos para ese momento, porque ya se demostró después con Yugoslavia que no era así-. Cuando estuve en Centroamérica me encontré por primera vez con un mundo donde todo eso no valía nada. En Guatemala había un desprecio absoluto por la vida ajena. Allí fue cuando me di cuenta que mi compromiso tenía que ser con las víctimas, por aquellas que no tienen nombres y que luego son una constante en todas las guerras”.
En 1984 Sevilla llegó a Guatemala desde México. Tenía 24 años y trabajaba como periodista free lance. Venía de entrevistarse con guatemaltecos dirigentes desde el exilio. Para aquel momento, acababan de reestablecerse las relaciones diplomáticas entre Guatemala y España, después del asalto en 1980 a la embajada de España, donde murió calcinado el padre de Rigoberta Menchú junto a otros campesinos que se encerraron en la embajada en acción de protesta. Por la delicada situación que todavía existía con los españoles, su pasaporte, que además mostraban los sellos de su paso por Nicaragua y Cuba, le valió una retención de 24 horas en la frontera.
Un funcionario se ofreció a llevarlo a la capital. “Cuando íbamos llegando, ese funcionario me fue enseñando la cadena de volcanes. En uno de ellos me dijo: ‘Mira, allí arrojamos a los subversivos desde helicópteros’. Así me lo dijo, tal cual. Y siguió: ‘Porque esto de los derechos humanos no vale para nada. Si no aparecen, mejor’. A partir de allí todo lo que fui viviendo, el contacto con la guerrilla, meterme una semana con ellos en un lugar en el centro del país, fue una experiencia muy reveladora y muy dura; muy de sentir que el periodismo era eso, era estar allí y no en los grandes y lujosos hoteles”.
“En ese primer viaje empecé a darme cuenta de la realidad de América Latina. Fue un aprendizaje de vértigo, darme cuenta en muy poco tiempo de toda esa terrible realidad. A Guatemala la llamaban el Laboratorio del Terror, porque buena parte de las técnicas de contrainsurgencia que luego se pusieron en práctica en buena parte de las dictaduras latinoamericanas se ensayaron primero allí. Guatemala no es conocida por sus desaparecidos; sin embargo, tiene mucha menor población que Argentina y más desaparecidos”.
“Yo pillé los últimos años de ese conflicto. Simplemente me di cuenta de un modelo que es similar en los demás países centroamericanos, que son conflictos de ‘suma cero’. Había una violencia que tenía una razón de ser, pues surgía de una marginación, de una exclusión, de una miseria social. Así que el fin de los conflictos armados no ha sido el fin de esa injusticia, y como la situación de injusticia genera violencia, ahora se ve esa violencia que es de tipo de delincuencia común, y siguen generando igual número de muertos que los conflictos bélicos. La realidad social sigue siendo más o menos la misma: una parte de la población está marginada, condenada a la miseria, y una minoría, una élite, controla al país y a las riquezas”.
Optimista bien informado
Cuando se le mira con detenimiento, toda la contextura física de Fran Sevilla, no sólo su nariz, parece pertenecer al mundo aguileño. Pero no un águila en posición de caza, sino de observación, como el ave que está posado sobre una rama, con sus alas recogidas, y mueve la cabeza precisamente al lugar que necesita ser escrutado con su mirada.
Luego de conversar con él, otra particularidad resulta evidente: todavía no se ha acostumbrado a la muerte. Probablemente nunca lo hará. Siente culpa por saber que él cuenta con un “salvoconducto” para salir del horror, a menos que se tropiece con la muerte.
“Yo soy muy hobbesiano. Como decía el filósofo del siglo XVI, creo que ‘el hombre es un lujo para el hombre’. Creo que la condición humana es terrible. En el mundo, tal y como están concebidas nuestras sociedades, son una invitación al desprecio, al odio del otro; y eso genera violencia. En ese sentido soy muy poco optimista. Pensando un sofisma en sentido periodístico: no es que yo sea pesimista, sino más bien soy un optimista bien informado, porque creo que el mundo va muy mal y no veo que vaya a ir mejor. He visto tanta crueldad, tanto desprecio. Pero por otra parte, me aferro con uñas y dientes a la vida, y me gusta seguir apostando a la vida, no sólo a la mía, sino también a la de los demás. Si no fuera así ya hubiera dejado este oficio”.
“Yo considero que sí se pueden hacer cosas. Ya no tengo ese sueño de juventud, que todos somos muy buenos y nos queremos mucho, pero sí creo en los tiempos pequeños, en la capacidad que uno puede tener para compartir, para ayudar, para aportar felicidad en su entorno de alguna manera; y como periodista, en la capacidad de denunciar realidades concretas que puedan servir para mejorar esa realidad. Eso es lo que hago. Soy consciente de que transformar el mundo es muy difícil y me parece que cada día lo va a ser más”.
En el vórtice
El 21 de mayo de 2004, Sevilla fue secuestrado en Irak por las milicias del clérigo chiíta Muqtada Al Sadr. Esa fue probablemente la ocasión que percibió la muerte más de cerca. A través de su teléfono satelital abierto transmitió en vivo su secuestro por Radio Nacional de España. El mismo día llegó a ser retenido dos veces y las dos veces fue liberado por intermedio de un portavoz de Al Sadr a quien Sevilla había entrevistado un par de semanas atrás. En la segunda ocasión, a su intérprete lo golpearon y le colocaron una bolsa en la cabeza. Permanecieron retenidos durante tres horas y media.
Mucha gente de Oriente le dice a Sevilla que tiene “baraka”. La suerte parece estar de su lado. “Evidentemente hay un componente de suerte, y si la suerte no te acompaña, como le ocurrió a Julio Fuentes en Afganistán, pues no hay nada que hacer”.
Con esto se refiere particularmente a una tarde en la que un cambio de hábitos le salvó la vida. Cuando regresó a Madrid después de la invasión de Afganistán, tuvo una crisis asmática que le obligó a dejar el cigarrillo. En Irak, para no recaer en el hábito, adoptó otro: fumar la narguile (pipa de agua), para lo cual se iba en la plaza del Paraíso, la misma donde estaban las estatuas de Sadam Husein que derribaron en la invasión. Lo hacía todos los días, a la puesta del sol, cuando el cielo se tiñe y hay un llamado a la oración del Magreb. A esa misma hora, durante esos días, ocurrían bombardeos. La narguile se convirtió en una forma de negociar con la angustia. Una tarde, cuando estaba en la plaza, el hotel donde estaba alojado, el Palestina, fue atacado por un camión bomba.
Baraka.
“No sé si la situación más dura que he vivido ha sido la del secuestro en Irak, pero sí la más peligrosa, porque iban a matar a Samir, mi intérprete, y a mí. Es la vez que he sentido más de cerca que sí me iban a matar”.
“He vivido situaciones peligrosas, pero el miedo es libre y cada uno lo encauza de una manera distinta. En ese momento no me planteaba nada. Evidentemente sabía que mi vida corría peligro, pero lo he pasado peor en situaciones en las que otras personas han estado en peligro y veo el sufrimiento ajeno. Eso me ha pasado mucho con los palestinos en Gaza. Hablar con la gente, ver cómo se han destruido sus casas, sus campos de cultivo, y que sea por alguien que ha sufrido tanto, que son los autoproclamados representantes del pueblo judío que es Israel, y ver esa insensibilidad, ese salvajismo, allí es cuando me enervo y la rabia se me concentra”.
Una de las historias que más le más le estremeció fue cuando el ejército israelí entró en Ramala y arrasó con el centro cultural y su biblioteca que habían sido cedidos por el poeta palestino Mahmoud Darwish. “Destrozaron los libros y orinaron. Todo con un salvajismo increíble. Dicen que Israel es un país civilizado, pero lo es en su comportamiento hacia el exterior. Claro, Israel es una democracia, pero para los judíos. Hay un respeto de las leyes internas y hay eso que podemos llamar un estado civilizado, con todos los peros, como cualquier otro país civilizado; sin embargo, de cara a los palestinos son todo lo contrario, allá la tortura es legal, pero sólo si se tortura a los palestinos. Por supuesto, no es legal torturar a un judío, pero sí a un palestino. Eso está sancionado por el tribunal supremo de Israel en una de esas decisiones que deshonra el concepto de justicia. Claro, ellos no lo llaman tortura, sino ‘presión física moderada’. Lo mismo que hace Estados Unidos en Guantánamo, según Estados Unidos, o lo que ha hecho cualquier dictadura. Y eso es legal”.
Dos trágicas despedidas
Sevilla vivió de cerca la muerte de dos corresponsales españoles. En noviembre de 2001, Julio Fuentes, periodista de El Mundo, murió en Afganistán, y en abril de 2003, José Couso, cámara de Telecinco, en Irak.
“Es muy difícil describir lo que sientes de rabia, tristeza, de dolor, de sensación de que nada merece la pena. Yo siempre digo que este oficio merece la pena, salvo en ese caso. Creo que no hay nada que justifique perder la vida por este tipo de conflicto, por esta alocada carrera de espectáculo. Yo estaba en Kabul, con Alfonso Rojo, otro compañero de El Mundo, y Julio (Fuentes) venía a Kabul desde Pakistán. La noche anterior hablamos con él y le reservamos una habitación porque no había casi habitaciones. Lo mataron a la mañana siguiente unos asaltadores de camino que se habían convertido en talibanes y por robarles, los mataron a todos”.
“En el caso de José Couso es doblemente triste porque no fueron unos bandidos incontrolados, sino bandidos controlados: el ejército de Estados Unidos. El Pentágono reconoció la autoría del ataque alegando que los soldados que dispararon contra el hotel Palestina, al mando del sargento Thomas Gibson, estaban respondiendo a fuego enemigo, cuando en realidad se sabía que allí había periodistas, no mercenarios.”
Según el informe presentado por el Mando Central de Estados Unidos (Centcom), el ejército estadounidense estaba al otro lado del río Tigris, y habían recibido fuego de mortero y granadas propulsadas, que provenían de la misma orilla del río donde está el hotel Palestina. Así que decidieron disparar un cañón de 120 mm contra el hotel. El proyectil llegó al piso 15, donde estaban los periodistas de la agencia Reuters (allí murió el periodista ucraniano Taras Protsyuk). José Couso se encontraba filmando en el piso inferior. La versión de la cámara de Couso, que estuvo grabando hasta su muerte, sin embargo, muestra como durante los 15 minutos previos a ese ataque sólo registró un disparo.
“Esa sí que era una muerte absolutamente evitable, gratuita y demuestra la absoluta insensibilidad y el absoluto desprecio por la vida que tiene el ejército de Estados Unidos y sobre todo sus dirigentes”.
“Recuerdo aquel día de una manera dramática. Lo llevamos al hospital y nos fuimos en medio de los tiroteos que había en Bagdad a un banco de sangre a donar sangre para él. Curiosamente había suficiente sangre, pero no se podía hacer llegar la sangre a los hospitales porque la ciudad estaba en medio de los combates. Nos dieron la sangre y la llevamos nosotros. Al final no se pudo salvar la vida, y la sensación de dolor y de tristeza que me quedó son esas cosas que todavía hoy no he superado”. A Fran la voz de rabia se le quiebra y los ojos se le humedecen. Se frota los párpados rápidamente y se endereza en su asiento. “Me sobrecojo cuando lo recuerdo”.
Humanizar la guerra
Para Sevilla, lo que hace falta para ser un buen corresponsal es lo mismo que hace falta para ser un buen periodista o cualquier otro profesional: estudiar. Las asignaturas imprescindibles: Historia y Geografía. “Los alumnos se quedan sorprendidos cuando piensan que voy a hablar del valor o del arrojo que debe tener un periodista, y no. Un corresponsal de guerra tiene que saber de qué está hablando y para saberlo, tiene que estudiar. Eso te permite interpretar la realidad porque las cosas no suceden por generación espontánea”.
“A la hora de enviar a alguien a un conflicto bélico se valora la juventud, pero la juventud está bien para alguien que quiere hacer deporte. Lo que te da la experiencia es el saber, el conocimiento. El problema de estos jóvenes que envían a los conflictos bélicos no es que sean jóvenes, sino que no tienen interés por aprender, porque el mérito para ellos es estar en la guerra y no contar bien la guerra. Ese es el problema de la fama de la televisión.”
“A veces siento un poco que somos como carroñeros, que nos nutrimos del dolor ajeno, y eso me parece terrible, por eso he procurado siempre primero no dar una visión macabra o sensacionalista de ese dolor, y por otro lado respetar siempre cuando la gente no quiere hablar. Es muy difícil acercarte a alguien que está en extremo dolor. Hay muchas veces que he renunciado a una entrevista. Cuando no me queda más remedio lo he hecho, pero trato de ser muy respetuoso; jamás he tratado de forzar nada. Sin embargo, a veces las mismas personas que están en ese dolor quieren hablar, como una forma de catarsis, y eso es muy habitual”.
“El hecho de ser periodista extranjero ayuda. Es absurdo, pero la realidad es que inmediatamente te van a tratar mejor. La gente está dispuesta a hablarte, a contarte su dolor, porque es una manera de sacarlo de sí mismos.”
“En los conflictos bélicos hay mucha más información, otro tipo de información, hay mucha más adrenalina también, yo soy muy adrenalítico y doy lo mejor de mí en circunstancias de mucha adrenalina. No es que haya sido una decisión consciente, que yo haya dicho: voy a ser un corresponsal de guerra. Creo que alguien que haya dicho eso, en realidad o no lo es, o es mal corresponsal de guerra. Creo que es la propia profesión, la propia vida la que te va marcando el camino.
“Yo soy muy consciente de mis limitaciones como periodista. Yo nunca voy a conseguir una exclusiva. A mí nunca me iba va a recibir el Mullah Omar, ni Sadam Husein, ni George Bush, ni el jefe del Pentágono, ni el comandante en jefe. Yo soy un periodista español. Nadie va a contar conmigo para dar la gran exclusiva. Se la cuentan al New York Times, a CNN, pero no a mí, evidentemente. Entonces no me vuelvo loco con esas cosas, porque ya sé que lo van a contar otros. A mí me interesa contar lo que otros no cuenten, o que cuenten también, pero desde otros medios, no como el mío, con objetivos muchos menos globalizadores. Lo que diga Bush todos nos vamos a enterar de una manera u otra. Los grandes combates, quién ha ganado la batalla, también nos vamos a enterar. Lo único que yo puedo aportar es hablar con la gente y explicar cómo les está yendo”.
“En Afganistán, por ejemplo, hice un reportaje que me resultó curioso y creo que nadie más lo contó. Cuando empezó la invasión los estadounidenses, empezaron a lanzar lo que ellos llaman ‘ayuda humanitaria’. Eran unas bolsitas amarillas, escrito en perfecto inglés. Adentro había un paquetito con alimentos, con la información calórica, los Nutrition facts. Era un despropósito absoluto. También había unos sobrecitos que decían Iron, don’t eat (Hierro, no comer), para conservar los alimentos de la humedad. Un día, estando con una familia, que estaba en unas condiciones paupérrimas como todo el mundo allí, en una casa de adobe, con piso de barro también y nada más esa pieza y cuatro esterillas, me encontraba haciendo un reportaje de cómo empezaban la jornada, cómo vivían. Ese paquete de ayuda humanitaria se los quedaban los de la alianza del norte, que eran como los talibanes, pero que en este caso les había tocado ser los buenos de la película. Hasta hacía poco eran los malos, pero se habían convertido en los buenos para Occidente. Entonces ellos se los quitaron a la gente cuando caían y lo vendían en el mercado negro. Esa familia se había hecho con un paquete de eso y me lo ofrecía. Ellos sólo tomaban la torta de pan. Yo les decía que no que no se preocuparan, que ya yo tendría cómo tener mis alimentos, pero para brindar homenaje ellos insistían. Bueno, no me pude negar para no hacer un desprecio. En un momento, el padre de familia agarra uno de los sobrecitos de hierro y lo espolvorea sobre la torta de pan y me lo ofrece, y a través del intérprete le digo: no, no, eso es veneno. No entendían, pensaba que era como pimienta, como sal. Fíjate si es absurdo todo. Este tipo de cosas, mucho más anecdóticas, son las que busco”.
“Para llegar y acercarme a un conflicto depende mucho de la circunstancia. La mayoría llevo mucho tiempo conociéndolos. Por ejemplo, el de Afganistán era un conflicto que había cubierto mucho antes del 11-S pero nunca había estado. No había posibilidad que yo eligiera cómo acercarme a ese conflicto desde dentro. Los talibanes no me dejaban entrar y tuve que hacerlo por la montaña, en el norte, por la zona que controlaba el grupo de oposición. Desde allí pude acercarme hasta las puertas de Kabul y cuando cayó Kabul, pude entrar. No había otra manera de hacerlo más que la que imponían las circunstancias. Como ya había cubierto otros conflictos sabía de la importancia de llevar un generador para poder cargar la batería del teléfono satelital, yo ya sabía que no iba dónde tener dónde recargar energía eléctrica. Normalmente gasolina siempre se consigue, así sea a un precio exorbitado. Puedes tener el mejor equipo del mundo, pero si no tienes cómo recargarlo, no tienes nada. Entonces yo me recorrí las montañas de Afganistán con más de cien kilos de peso encima: un generador, el equipo, agua potable (porque sabía que iba a pasar mucho tiempo sin encontrar agua potable) y también pastillas potabilizadoras. Todos los días tenía diarrea. Esas son circunstancias que te marcan”.
“Esto de humanizar la guerra es curioso, porque la guerra es humana. No hay nada más humano que la guerra. Siempre en las formas de relacionarse del ser humano ha estado la guerra. Habría que deshumanizar la guerra para conseguir que fuera otra cosa (risas)”.
Dos mundos
Sevilla nació y creció en un barrio de Madrid, con cierta escasez económica. Recuerda una infancia feliz, en la que no estaba consciente de las limitaciones. “Mi madre siempre dice que esta profesión se veía venir porque yo era siempre un niño inquieto que siempre estaba yéndose a los límites externos del barrio. Después en ese barrio la realidad se puso más dura, una realidad de pandillas juveniles, de drogas. Muchos compañeros de infancia se quedaron en ese otro camino, y en un momento dado yo tuve que salir de allí porque me ahogaba, necesitaba aire, respirar”. Y no ha vuelto nunca, salvo para visitar a su madre. Por eso, dice, mantiene apego a las pequeñas cosas que conformaban la felicidad, que no tienen que ver con la posesión material
“La única manera donde he ido encajando todo esto es como ser un poco esquizofrénico: tener dos vidas, dos personalidades. Yo le digo a mi mujer que tengo una ‘vida paralela’. Una de las últimas veces que fui a Irak, ella me dijo: ‘Fran, ¿para qué vas a Irak? Ya no te aporta nada, ni humanamente, ni profesionalmente, no hay nada nuevo que ya no hayas contado, ¿para qué vas a Irak?’ Y yo, un poco en broma, le dije: ‘Te prometo que no tengo ninguna amante en Bagdad’. Y ella se me quedó mirando y me dijo: ‘Si tuvieras una amante, lo entendería, y te diría que fueras; pero si encima no tienes una amante, ¿para qué vas?’”. (risas).
“Pero bueno, es verdad, yo llevo una vida paralela. Una cosa es mi realidad cuando estoy en esos sitios, y otra, es la otra realidad. Son compartimientos estancos, mundos que no se mezclan, son agua y aceite. Y es imposible, no hay incursión de un mundo en el otro más allá de lo que yo llevo dentro, más allá de que cuando vuelvo de uno de estos conflictos y la gente que está a mi alrededor, mi familia y mis amigos me digan que tengo la mirada perdida en el vacío hasta que me adapto, o viceversa. Cuando voy a estos sitios me acuerdo de mis hijos, de la gente que quiero; pero no están continuamente presentes, no pueden estar permanentemente porque no podría hacer mi trabajo”.
“Yo tengo una ventaja que me viene dada porque no es un mérito mío, y es que tengo una enorme capacidad de moldearme a las circunstancias, de no dormir y de no comer. Antes no me había dado cuenta que tenía esta capacidad. Aunque también tengo la capacidad e dormir todas las horas del mundo y comer hasta atiborrarme, pero puedo pasar días sin comer. La última vez en Pisco, en Perú, en el terremoto, estuve 48 horas sin ingerir ningún alimento, porque no había nada. Sigo trabajando y siento un poquito de hambre, pero no pasa nada. En Irak, durante la invasión, dormí durante un mes una media de dos horas, y lo aguanto perfectamente. Eso nunca me ha llevado a decir tengo que salir de aquí o por qué sigo. Porque me gusta lo que estoy haciendo, es mi trabajo, quiero contar esas historias y también porque tengo mi ego. Cualquier periodista que te diga que está en esas condiciones infrahumanas y no diga que lo hace por ego te miente. Para mí, mi ego es decir estoy aquí, yo lo estoy viviendo, yo lo estoy contando, no me lo cuentan otros, yo lo vivo, yo soy parte de la historia con minúsculas”.
“El tiempo de adaptación depende del sitio. Lo que sí procuro cuando regreso es disfrutar de lo que tengo, que no siempre es fácil. Incluso uno aprende a valorar más las cosas que tiene, a relativizar todo más, los problemas comparados o los problemas de otra gente. Mi mujer, por ejemplo, a veces, cuando estoy bajo los bombardeos en Beirut, me escribe un correo contándome si el niño tiene fiebre y luego me dice: ‘No sé por qué te cuento estas cosas, que para ti no tienen ninguna importancia, comparado con lo que estás viviendo’. Bueno, sí la tienen, porque las cosas tienen importancia en función de lo que a uno le rodea. Yo cuando vuelvo, a veces me enfado por cosas estúpidas, y cuando me paro a mirarme e intento alejarme de mí mismo, digo: ¿Cómo puedo enfadarme por esto?, ¿cómo puedo tener tan mal genio? Bueno, porque somos humanos y porque es así”.
“Sí procuro disfrutar de lo que tengo. Me encanta la vida y cada vez soy más hedonista. Me gusta vivir y considero que los grandes placeres no tienen que ver con la economía, aunque la economía ayude. Además, es una forma también de rendir tributo de alguna manera a la gente que no tiene eso. Sería absurdo que yo, que tengo la posibilidad de disfrutar eso, no lo disfrutara. Sería como que lo despreciara. Muchas veces cuando pienso en los amigos caídos, disfruto por ellos. Es una forma de rendirles homenaje a ellos y a la gente que he conocido por el mundo que lo pasan mal”.
El olor a muerte
En el resumen de una conferencia que Fran Sevilla hizo en Málaga en el año 2006, me encontré con unas palabras que me estremecieron. Decía: “Desde hace tiempo llevo conmigo el olor a horror, el olor de los cadáveres en descomposición, el olor a muerte y ya no te abandona nunca. Se te mete por la boca y se te queda entre la nariz y la boca del estómago. Llegas al hotel, te metes en la ducha y te frotas con fuerza pero sigue ahí”. Le pregunté entonces qué significaba ese olor a muerte.
“El olor de la muerte es una cosa terrible. Después de tantos años uno tiene la sensación de ser un superviviente, con tantos compañeros que han caído, tanta gente que ha caído. Y supongo que un poco por la cultura judeo-cristiana de la que soy hijo siento esa culpa. No es que yo quiera morirme, todo lo contrario. Pero sí hay una especie de culpa, porque al final uno se salva y no se muere. En el caso de los colegas se siente mucho más, en el caso de la gente, uno sabe que muchos de ellos, que se quedan allí, van a morir. Nosotros siempre tenemos un billete de vuelta. Y es real. Puedes estar más tiempo en Afganistán, en Irak, pero salvo que la muerte se me cruce en el camino, siempre tengo mi salvoconducto para volver al paraíso. La gente que está a mi alrededor no tiene esa posibilidad y ese privilegio me genera una sensación de culpa”.
Teníamos más de dos horas hablando y Fran se dio cuenta que se había hecho tarde para su transmisión a España. Se levantó como disparado por un resorte del sillón, se despidió rápidamente y se fue trotando a los ascensores para llegar a su habitación. Dos días después salía de regreso a Costa Rica, su “base” de trabajo por aquellos días.

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