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(Photo resisters.ca /Seinforma)
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(Photo Truthout.org/Seinforma)
Entrevista Exclusiva
JAVIER ESPINOSA
“La noticia está por debajo del ser humano”
Leona, particularmente los minutos en los que el periodista argumentaba al comandante “Rambo”, el jefe guerrillero que lo tenía apresado, por qué le convenía más dejarlo libre que conservarlo en cautiverio. Se lo diría, seguramente, con sus palabras apresuradas, al “modo español”, porque ese episodio, tal como lo cuenta, pareciera que no hubiera tenido mayor importancia.
En el Líbano, mientras tanto
Para el momento que escribo este texto, sospecho que el hijo de Javier Espinosa ya debe tener poco más de un año. La primera vez que lo entrevisté por teléfono vivía en Jerusalén junto a su esposa, Mónica Prieto, también corresponsal, y su bebé tenía cinco meses de nacido. Comentaba que no había vuelto a vivir en Madrid desde el año 94, y que ahora que había nacido su hijo quería pasar más tiempo en casa. La siguiente entrevista, también telefónica, la hice un domingo a mediados de 2007. Su hijo ya tenía diez meses y se escuchaban sus gimoteos al fondo de la conversación. Se habían mudado poco antes a Beirut, para presenciar el tenso proceso electoral parlamentario (donde debían elegirse a los sucesores de dos diputados antisirios asesinados) y presidencial.
“De momento, todo aquí es súper normal -comenta Javier-, como en Madrid. No hay elementos de peligro. Sólo ves los signos: si vas a un café te cuentan de la cantidad de armas que han comprado. Éste es un país muy europeo, muy bonito. Se vive fantástico, tienes la playa, un clima increíble y la gente es súper amable. Por ahora es el sitio ideal. Pero la guerra tiene su propia dinámica y al final la vas aprendiendo. Aquí se están montando las milicias, tienen unos líderes que están locos todos, tienen el componente sectario, tienen la religión y muy poca historia porque es un país inventado por la colonización francesa. Todos esos componentes juntos, ojalá me equivoque, llevan a una guerra, tarde o temprano. Cuando empiece el conflicto veremos cómo habrá que plantearse la situación”.
Sri Lanka y Yugoslavia: el inicio
La forma en que Javier Espinosa comienza a ser corresponsal de conflictos es curiosa, casi excéntrica: a partir de un viaje mitad placer y mitad trabajo. Una aclaratoria sirve para entenderlo: lo que le interesa, más que un conflicto, es conocer otras culturas, otros paisajes y otra gente. Es decir, lo que más le gusta es viajar, y quiere hacerlo, según sus propias palabras, “hasta que tenga que hacerlo en silla de ruedas, si es necesario”.
En 1989 trabajaba free lance para El País (España). Venía de hacer crónicas deportivas en un periódico local de las islas Canarias (“nací en Málaga pero crecí en Canarias hasta los 18 años. Siempre digo que soy de Canarias. Lo de Málaga es un accidente”). En el verano planificó unas vacaciones a la costa sur de Sri Lanka: quince días de descanso entre palmeras y playas de arena blanca, para luego cruzar la zona de la guerrilla, unos 200 km al norte, donde podía presenciar la guerra civil. “Son como dos países -explica-. La zona del sur es puro lujo tropical, masajes estilo Tailandia y hoteles muy buenos, y en el norte se matan en la selva, hay refugiados, bombas, guerras muy terribles.
En aquella época, Jaffna, la capital (al norte de Sri Lanka) estaba completamente arrasada por la guerrilla, por los tigres tamiles. Bombardeaban todos los días. Yo no estaba para nada consciente de lo que hacía. Recuerdo que nos metimos en la zona de los rebeldes y otro coche de la Cruz Roja nos preguntó qué hacíamos allí a esas horas, porque bombardeaban a todos los coches que no estaban identificados por el ejército. Escuchábamos altavoces que empezaban a lanzar el mensaje de los tigres tamiles, tipo Gran Hermano: Muchachos, hay que luchar; Viva la guerra. No había electricidad ni agua corriente. Tenían unas pizarras grandes donde ponían en las mañanas los nombres de los muertos del día anterior. Había brigadas de suicidas especiales de mujeres. Es la guerra más increíble que he visto en mi vida. Fue muy surrealista”.
La estadía en Jaffna le permitió darse cuenta que le interesaba seguir conociendo otros países en esas circunstancias. Continuó con reportajes en lugares donde no había conflictos abiertos (como las elecciones en Angola y en Mozambique, que aunque estaban en guerra, no peleaban en ese momento). Casi toda la década de los 90 trabajó como periodista free lance, por lo que tenía flexibilidad para marcharse cuando quisiera. Ahorraba para irse cada tres o cuatro meses a algún conflicto y vendía los temas a su regreso.
En ese tiempo llegó a estar alrededor de seis meses, entre 1992 y 1995, en Yugoslavia. Fue su primera gran estadía en una guerra y su escuela como corresponsal. “Yugoslavia fue una guerra muy dura, de mucho bombardeo, de esos que se ven en las películas. Estabas en una calle y a los cinco minutos había un combate callejero. Ése era un país normal como el resto de Europa hasta que empezó la guerra. La gente que tenía chalets, con una educación tremenda, en cuestión de días perdió todo. Como el dinero yugoslavo dejó de valer, se veían millones de billetes tirados en el suelo o lo utilizaban para calentarse en invierno.
Cuando estuve en esa guerra simplemente me ocupaba de ver la actualidad, cómo era estar cerca de Sarajevo o cómo estaban llegando los refugiados a la ciudad. Cualquier día en una guerra es una historia porque no están en normalidad; sin embargo ahora voy a las guerras con historias concretas. Yugoslavia fue una escuela para muchos corresponsales de guerra”.
Ruanda: tractores de cadáveres
Espinosa viajó a Ruanda en dos oportunidades: a dos meses de inciado el genocidio, en junio de 1994, y luego durante una epidemia de cólera que hubo en los campos de refugiados. “Las cosas más duras que he visto en mi vida fueron en Ruanda. El volumen de muertos que vi allí jamás lo he visto en otra parte. En una semana podían morir 5 mil personas. Estabas comiendo en un restaurante y, cuando salías, veías los cadáveres de personas que acababas de ver en la carretera. A la gente la enterraban con tractores en las fosas comunes.
Yo estuve en la zona controlada por los tutsis. En ese genocidio se mató con machetes, no con armas. Había miles de personas macheteadas en ojos y pies. Como eran muchos y no tenían tiempo para matarlos, lo que primero hacían era cortarle a la gente los tendones de los pies para que no pudiesen correr. Los dejaban en el suelo desangrándose y luego volvían y los remataban. Entre los que se salvaron había mucha gente con los tendones cortados y con tremendos cortes de machetes en la cabeza, que se salvaron porque la cabeza la tenían muy dura y el machete no los atravesó. Pero quedaron marcados para toda la vida.
Ruanda era la completa anarquía. Niños de 5 años manejando un check point con granadas de mano, pidiendo pan con la otra. Pero no llevaban la granada como amenaza, sino que simplemente la llevaban.
En los campos de refugiados de civiles (con hutus y tutsis, que habían huido de la guerra), habían llegado a tal estado de paranoia, que los niños estaban encargados de ir por el campo señalando a los tutsis, a los que metían en un camión para asesinarlos. Los identificaban por la altura, porque los tutsis son más altos que los hutus.
La mayoría de los conflictos se explican por la historia. Si no sabes un poco de historia, entonces te quedas en lo obvio que es la barbarie.
Lo que ocurre en África es que son países ficticios inventados por nosotros los europeos. Los hutsis y los tutsis vivían muy bien hasta que llegó la colonización belga que les dice que todo el mundo debe saber quién es tutsi y quién es hutu. Reparten unos carnets étnicos en 1934 que los identifican y además deciden que el país debe ser dirigido por los tutsis, a quienes promueven y educan; mientras los otros son los agricultores. Entonces, cuando ves que se están matando, te das cuenta de que los hutus llevan décadas aguantando que los tutsis les aplasten y les maltraten, relación fomentada por los propios colonizadores belgas.
Sirve para muy poco el periodismo, pero es un deber moral, porque muchas de estas tragedias están creadas por nosotros. Irak está creada por nosotros y África está creada por nosotros. Por eso tenemos un deber con ellos, por lo menos de contarlo, para que la gente no pueda decir: Ay no lo sabía.
A mí me gusta conocer la historia de la gente. La historia de los líderes y los dirigentes no me gustan nada. Todos los que he visto son unos mentirosos, engañan a sus pueblos y los traicionan por dinero y por poder (salvo Mandela, en Sudáfrica, el único que siempre admiraré como líder). Por eso hay que tener mucho acceso a la gente de la calle, hablar con el que te vende una coca cola, con el líder de base, con el civil y con los refugiados. Primero porque son los que están sufriendo el conflicto de verdad; segundo, porque son los que les importa un comino a los líderes y, tercero, porque creo que la única labor que tenemos en el periodismo, porque no creo que sirva nada lo que estamos escribiendo, es que por lo menos la gente que está sufriendo tenga cinco minutos en los que piensen que son importantes. Nos cuentan la tragedia que han vivido y piensan que al contarla la vida va a cambiar. Por supuesto, no va a mejorar nada, pero si los escuchas por lo menos tienen cinco minutos en los que hay esperanzas”.
Sierra Leona: un secuestro surreal
Javier Espinosa llegó a Sierra Leona en enero de 1999, poco después de una sangrienta ofensiva de la guerrilla en Freetown, donde centenares de personas fueron mutiladas por la milicia de Johnny Paul Koroma, -Consejo Revolucionario de las Fuerzas Armadas (CRFA). Viajó en un avión ucraniano, según relata, completamente destartalado y lleno de mercenarios. Aterrizó en Freetown, la capital. “La ciudad tenía edificios de madera que la guerrilla quemó. Todo estaba reducido a escombros. Había toque de queda. Se habló mucho de los excesos de la guerrilla, pero también el ejército gubernamental y el Ecomog (la Fuerza de Mantenimiento de la Paz del Oeste Africano) hizo lo mismo sin ningún tipo de juicio. Fusilaban en la calle a todo el que era sospechoso de colaborar con la guerrilla, así no lo fueran. Delante de mí mataron a unos así, porque pensaban que eran guerrilleros. En dos minutos los ametrallaron. Otras veces, simplemente los mataba la turba con machetes y palos”.
La descripción del horror parece indetenible: el hospital lleno de gente mutilada (con las manos, pies u orejas cortadas); alrededor de 50 mil personas refugiadas en el estadio de Freetown y otras miles llegando a la capital, huyendo de las zonas controladas por la guerrilla; las calles tomadas por el ejército (“grupos de locos con uniforme”); toda la ciudad sin electricidad ni agua corriente. Las milicias aliadas al gobierno rondando igualmente el asfalto y estableciendo check points para evitar que se infiltraran los guerrilleros.
Acompañado de Patrick Saint-Paul, periodista francés de Le Figaro, avanzó hasta el último check point. No sabía que estaban cruzando la línea del frente y entraban a una zona controlada por la guerrilla: la Tierra de Nadie. Para un reportero, dice, “un error básico, de técnica, es no saber dónde está el frente. No sólo te pueden secuestrar, sino también matar. El frente no se pasa sin saber qué es lo que hay del otro lado. Te puede salir bien una vez, pero la vez siguiente te mueres”.
La Tierra de Nadie estaba plagada de cadáveres y sobrevivientes, algunos de combates y otros visiblemente ejecutados, con las manos atadas en las muñecas. “Esa zona era lo más terrorífico. En un momento nos topamos con una patrulla de la guerrilla y nos capturaron”. Se trataba de un grupo de la milicia de Koroma la misma que había protagonizado la reciente ofensiva a Freetown.
Johnny Paul Koroma había ocupado el poder de Sierra Leona, luego de un golpe de Estado al entonces presidente constitucional, Ahmed Tejan Kabbah. Los nigerianos, sin embargo, lo expulsaron cuando estaba cerca de cumplir un año, en 1998. El breve presidente organizó a sus soldados para la toma de Freetown, en enero de 1999, un sangriento episodio recordado por las abundantes mutilaciones. Para ese momento, sin embargo, pocos conocían a los responsables.
Los secuestradores llevaron a los periodistas con el comandante “Rambo”. “Estaba súper borracho, drogado, fumando marihuana -recuerda Espinosa-. Se habían ubicado cerca de una fábrica de cerveza y los tíos estaban en una borrachera permanente. Le hicimos una entrevista y después el tipo nos dijo: ‘Ustedes no se van, están secuestrados’. Y le respondimos: ‘Hombre, si te acabamos de hacer una entrevista, tenemos que ir a publicarla’. ‘No, que no se van’. ‘Entonces que se vaya uno, por lo menos’. Allí se fue Patrick con otra patrulla a Freetown. Él fue quien avisó que me habían secuestrado.
Hubo un momento en que estuve a punto de morir. Escuché, shut them down, shut them down, y nos apuntaron. No dispararon no sé por qué.
El comandante era totalmente incoherente y todos los que estaban alrededor. Nunca le había entrevistado un periodista y estaba alucinado con que quisieran entrevistarle.
La liberación fue tan aleatoria como el secuestro. Ese día ya les había dicho que me quería ir. Nos sentamos a jugar ajedrez y les dije: ‘Mira, yo ya he terminado, si querés que esto se publique tengo que volver a mi hotel porque allá tengo el ordenador’. Unos dicen que sí, otros que no. Luego me dicen: ‘No te puedes ir porque así lo ha dicho uno de los jefes’. ‘Oye, pues si no me voy, entonces esto no es serio porque cómo es que va a venir la prensa a hablar con vosotros si cada vez que viene un periodista aquí lo secuestráis’. Un poco surrealista la conversación, pero así fue. Al final, el máximo jefe dice que sí, que me quiere dejar salir. Me soltaron y me fui andando hasta el check point del ejército, que estaba como a tres kilómetros.
Me soltaron con una chica que tenían como esclava sexual porque de lo único que tenían miedo era que me matase el ejército y luego les echaran la culpa. No sé por qué pensaron que con ella iba a estar más seguro.
Hasta el instante en el que nosotros hacemos la entrevista, la gente no había tenido contacto con esa guerrilla. En Sierra Leona no había una sola guerrilla, sino varias, y se tenía una confusión sobre quién había atacado la ciudad. Se pensaba que era el Frente Unido Revolucionario (FRU), pero en realidad el ataque venía del ejército golpista”.
La práctica del terror
Los recuerdos sobre cómo estaban organizados los guerrilleros son nítidos: el campamento ocupaba el espacio de un gran rectángulo, en cuyo centro estaban las mujeres con los niños y alrededor los combatientes. Toda la tropa al aire libre (“el mayor lujo era una casa con techo”). Tenían batallones militares y unidades de niños de 7 a 10 años (“sus propios hijos o hijos de otros que secuestraron de aldeas y les hacían matar a conocidos para que no volvieran”). Algunos de esos niños ya tenían el rango de capitán o coronel. Los soldados, niños incluidos, solían estar drogados. Las mujeres eran esclavas sexuales o se encargaban de cocinar y de cuidar a los bebés (“que había muchos. La vida no se detenía, seguían dando a luz y se casaban”).
“En la mitad del campo tenían una caja de Coca Cola con la cabeza de un nigeriano encima y un mensaje de ‘Gracias Nigeria’. Un poco macabro; pero la práctica del terror era común. Yo vi check points de grupos de nigerianos adornados con calaveras de la gente que habían matado”.
Después de su liberación, Espinosa no volvió a Sierra Leona hasta la segunda ofensiva de la guerrilla a la ciudad, en el año 2000. “Es allí cuando intervienen los británicos, que llegan a Freetown y frenan el avance de la guerrilla, pero la mitad del país o tres cuartas partes seguía en manos de ellos.
El último viaje que hice fue con las elecciones. Desde entonces no ha habido más guerra, pero es un proceso que no está concluido, porque cualquiera, con un mínimo de dinero, puede apoyar un golpe de Estado y generar nuevamente el conflicto. No es fácil la recuperación por los horrores que se cometieron allí. En estos conflictos, cuando la guerrilla o el ejército ocupan una zona, obligan a la población a participar en su política. O participas o te matan”.
Las historias personales
Entre las imágenes dantescas o el horror indescriptible y los gestos diminutos, Espinosa se estremece más con los pequeños asomos de humanidad. “A mí el horror me satura inmediatamente. Eso de ver doscientos cadáveres, no es que no me impresione, sino que me satura inmediatamente y no me afecta mucho; precisamente porque me parece que es algo tan descomunal que no lo puedo asimilar."
Me impresionan más las historias personales de la guerra, de los pueblos civiles que intentan sobrevivir a los conflictos. En Sri Lanka, con todo el horror que había allí, me emocionó mucho un viejito que atendía el hotel donde estábamos. No recibía a nadie sino a un cliente cada cuatro meses, de las Naciones Unidas o periodista. Y ese viejito se empeñaba en ponernos la mejor comida que podía, que era ninguna: siempre hacía tortillas de gambas; pero el tipo se iba todas las mañanas a buscar las gambas no sé a dónde y a conseguir el huevo. Nos mostraba fotos de cómo había sido Jaffna antes de la guerra, que era precioso, como el resto del país. Recuerdo que le dije: ‘Bueno a ver si esto mejora y tal’… pero él dijo: ‘No, esto siempre irá peor’. Al cabo de un año el ejército tomó Jaffna y la arrasó. No sé que pasaría con ese señor.
También me emocionó mucho el voto de Mandela, en Sudáfrica. Estuve a punto de llorar, porque me parecía muy bonito que ese tipo estuviera haciendo eso. La de Sudáfrica fue la típica historia donde ves que se tienen todos los componentes para una guerra: hay milicias, la gente tenía armas, muchos enfrentamientos y muertos. Había refugiados. Era la guerra seguro. Y surge un tipo que dice: No, aquí no vamos a una guerra, porque nosotros, que podíamos ser los que quisiéramos ir a la guerra, nos sacrificamos y no queremos ir. Y sólo por ese señor y por la gente que le sigue se decide no ir a la guerra. Después de todo lo que he visto eso fue maravilloso. Lo que suelen hacer los líderes es llevar a los pueblos a las catástrofes, y por una vez veía a un tipo que salvaba a su pueblo.
La historia que escribí de la que me siento más orgulloso fue precisamente sobre el día de la votación de Mandela, que por cierto, no se publicó. En aquel entonces yo era free lance para El Mundo, y ellos habían mandando a un súper corresponsal y publicaron su historia y no la mía. Pero la mía me quedó muy bonita. Sólo publicaron un cachito de la crónica”.
Lento endurecimiento
“La noticia está por debajo del ser humano. Cuando te dicen: A ver, graba que le vamos a dar una paliza a este tío... Entonces no grabas. A mí eso no me interesa… No vas a estar propiciando que le peguen una paliza a una persona.
A veces he estado con gente que son unos criminales y me he planteado si habría que darle cancha o no. Eso no lo tengo muy claro. Le hice entrevistas a algunos mercenarios que luchaban en Yugoslavia porque te planteas si es necesario mostrarle a la gente que son unos criminales.
Lo malo de ir a los conflictos es que al final te vuelves un poco cínico. Para aproximarte a lo que es la catástrofe de una guerra tienes que intentar ponerte un muro para que no te afecte mucho, porque si no, no trabajas, te dejas llevar por el dolor. Imagínate a un padre al que le acaban de matar a toda su familia. Debes tratar de lograr como si no estuvieses allí y, como si fuera una cosa más automática, preguntar. En el fondo, eso termina siendo un poco cínico.
Un problema de las guerras es tratarlas mucho como un show, que es lo que ha pasado en Irak. Es una guerra de mucho impacto mediático, fotos, pero se quedas en el horror, en la sangre, y no sabes por qué pasa eso. El horror hay que explicarlo, porque eso no sale de la noche a la mañana. La gente en Palestina no se vuela porque sí, sino porque llevan 50 años viviendo en una pocilga.
Creo que ése es el gran peligro de cubrir guerras: al final, pierdes la sensibilidad y lo haces un poco como si fuera otro trabajo cualquiera, como ese que se hace en un banco.
Lo difícil es lograr el equilibrio. Yo he visto mucha gente que se ha vuelto muy cínica, porque la guerra le parece lo más normal del mundo, pero también es cierto que si te implicas y te pones a llorar cada vez que ves una desgracia entonces no puedes trabajar allí, porque la guerra en sí misma es una desgracia. La verdad es que nunca he hecho terapia; no sé si me ha afectado. Me he vuelto mucho más cínico, después de tantas guerras, eso sí lo reconozco”.
Un ser humano multiplicado por veintisiete
“Estar en la guerra te demuestra también que todo es relativo. Cuando veo la gente en Madrid que se preocupa por el coche, por la casa que no tiene suficiente balcones, me parece gracioso… o las parcelas de poder, la gente que se considera importante cuando la importancia es tan relativa. En la guerra hoy eres importante y al día siguiente no tienes cabeza y ya no eres nadie. Aprendes a valorar a la gente porque son buenas personas y todo lo demás son tonterías. Te das cuenta de la falta de valores que hay en Occidente. La guerra te hace relativizar todo, tu trato con tus jefes y con la sociedad en general. Te demuestra cuánta hipocresía, cuántas necesidades o cosas que no necesitamos tenemos en la sociedad.
De todo lo que he vivido lo más impresionante es África. Es lo que más te baja los valores y te demuestra lo que es importante. Allá se valora muchísimo estar mucho tiempo sin hablar. Son capaces de estar una hora mirando un pájaro o un elefante. Eso es inconcebible en Occidente. Nuestro concepto de la vida es tener todo el tiempo algo que hacer. Allá se disfruta cada momento porque no sabes si es el último. Son muy positivos, que aunque tienen todos los motivos para salir en masa y llegar a Europa volándose, nunca has oído hablar de un africano suicida, a lo mejor en Kenia, pero es muy raro.
No soy religioso. En todas las guerras en las que he estado -salvo en las africanas- he visto curas mezclados. En ocasiones son los principales artífices de esas guerras, como en las de Europa y en las de Oriente. En Asia también, siempre hay un religioso.
La guerra me interesa precisamente porque en allí ves a la gente más mala y a la gente más buena. Ves un ser humano multiplicado por veintisiete. Todo se potencia. También me gusta por la historia. En definitiva, la guerra es historia y la estás viendo con tus propios ojos.
No sé si seguiré toda mi vida como corresponsal de guerra. Creo que eso tiene un punto de saturación. Conozco corresponsales que al final iban a los sitios sin ningún interés. Yo así no quiero estar. El día que esté así no lo haré más. Lo bueno que tiene la guerra es que nadie te puede obligar a ir, ni tus propios medios. Ahora ya no tengo la misma resistencia que tenía por ejemplo en Yugoslavia, para estar sin dormir como cuatro días. Las guerras tienen un momento en que te saturas. Y es en ese preciso instante que tienes que dejarlo”.
*Ana María Carrano es nuestra corresponsal en Caracas, Venezuela. Su actividad periodística siempre ha estado ligada al medio cultural venezolano. Dirige proyectos editoriales y magazines en su país.
Corresponsal de El Mundo, de España, Javier Espinosa ha recorrido con sus crónicas el genocidio de Ruanda, la guerra en Yugoslavia, la guerra del Líbano, Irak, la intervención de Estados Unidos en Haití, el caso Pinochet en Chile, los conflictos de Chiapas, Palestina, Egipto y el Magreb, entre otros. Ha recibido en tres oportunidades el Premio Bayeux-Calvados.
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Corresponsales de Guerra reportan sentimientos desde el frente
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11/02/2008
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Caracas.- Como casi todos los españoles, las palabras de Javier Espinosa salen apresuradas, como si fueran perseguidas. Una suerte de atropello natural, que parece buscar quitarle importancia a lo que dice o quizás hacerlo más cotidiano o “familiar”. También, como buen español, está marcado por cierta estampa daliliana: las situaciones que más le han sorprendido las define como “surrealistas”. Ése es el adjetivo que le ayuda a descifrar imágenes inexplicables, las circunstancias de suerte insólita o el absurdo de algunos momentos.
Surreal, comenta, fue su primera experiencia en una guerra, en Sri Lanka, donde vio a niños de diez años con píldoras de cianuro colgadas del cuello listos para suicidarse si eran capturados. Surreal fue también la celebración de una Noche Vieja en Sarajevo, cuando subió con un amigo a un montículo para ver con claridad los cañonazos, sin darse cuenta que asimismo toda la ciudad los estaba viendo y convirtiendo en objetivo de las armas de fuego. Surreal fue esa misma noche ver las balas desde un hueco, pasándole muy cerca, con champaña en la mano y la muerte apuntándole, y sin embargo, no parar de reír, probablemente por los nervios. Pero lo más surreal, tal vez, fue la historia completa de su secuestro en Sierra
(Foto Cortesía Javier Espinosa / Seinforma Canada)
“(…) Me impresionan las historias personales de la guerra, de los pueblos civiles que intentan sobrevivir a los conflictos (…) Lo malo es que al final te vuelves un poco cínico porque para aproximarte a la catástrofe tienes que poner un muro para que no te afecte mucho (…) La guerra te hace relativizar todo, te demuestra cuánta hipocresía, cuántas necesidades o cosas que no necesitamos tenemos en la sociedad (…)”: Javier Espinosa.
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