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(Photo Truthout.org/Seinforma)
Series Especiales
Corresponsales de Guerra reportan sentimientos desde el frente
JORGE SILVA:
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“Después de que vas la primera vez, no sabes si vale la pena arriesgarte”
Una breve estadía en Bagdad como fotorreportero de la agencia Reuters revela el acercamiento de un joven periodista a un conflicto mediante uno de los métodos contemporáneos que se gestionan para facilitar la cobertura de los corresponsales: a través de una estadía con las tropas del ejército.

***
Por Ana María Carrano / Seinforma Canada
Series Especiales*
Una tarde de septiembre de 2005, estando en Venezuela -país donde reside desde hace cuatro años- Jorge Silva recibe una llamada: ¿Quieres ir a Irak? El fotógrafo trabajaba con la agencia de noticias Reuters desde el año 2000 y había reseñado algunas crisis políticas y elecciones en México, Chile, Nicaragua, Guatemala, Bolivia y Haití. Debía partir en las siguientes semanas, pues el objetivo era cubrir el referéndum que hizo los primeros cambios a la constitución post Saddam Hussein.
"Los viajes en la agencia se asignan a los voluntarios que quieran ir. Hay una lista que comienza a ascender, pero cuando te toca, igual te vuelven a preguntan si estás en tu momento y si quieres tomar el riesgo. Es absolutamente voluntario. No hay presión ni obligación”.

Jorge habla pausadamente, con cierto titubeo. Después de estar en Bagdag, confiesa no estar seguro de continuar dedicándose a la cobertura de conflictos bélicos. “Después de que vas la primera vez no sabes
si
si vale la pena arriesgarte por esa historia”.

“Primero estuve en Haití cerca de seis semanas, cuando cayó Aristid y se estaba instaurando el nuevo gobierno. En ese momento, Haití era el caos aboluto, no había ninguna clase de autoridad, ni información. Cualquier persona podía tomar un retén y asaltarte. La gente estaba en desconcierto total, pidiendo en las calles que volviera Aristid. Era todo muy caótico hasta que llegan las tropas de Estados Unidos. Desde ese momento toman las calles y patrullan de noche y de día. Hacen los operativos en los barrios y la fuerza se impone. En esa situación, lo corresponsales somos vistos como bolsitas de dinero que van caminando”.

“Tuve suerte porque no fui al principio de la cobertura. El conflicto había empezado un mes y medio atrás. Los rebeldes habían avanzado desde la provincia hasta que cayó Puerto Príncipe. Yo llegué en la segunda parte a relevar a los otros fotógrafos, y ya existía un equipo con traductores, chofer y auto. La logística sobre cómo hablar y cómo moverte ya estaba solucionada por el equipo que estaba anteriormente. Me tocó el momento donde se instaura la calma y era todo mucho más tranquilo”.

“Los operativos nocturnos fueron muy complicados. Los americanos llegaban a las casas y disparaban. La concepción del orden para ellos es muy brutal. Empezaron a marcar zonas en las que cateaban casa por casa para buscar armas, hasta que todos los rebeldes decidieron deponer las armas. Eso fue muy emotivo: la gente salía y entregaba sus armas de vuelta… pero en realidad los iban a joder a todos si no lo hacían. Las armas que entregaban eran chiquitas, muy rudimentarias. Fue muy triste ver cómo a la gente se le apagó la esperanza de Aristid. Se les notaba que se sentían estafados, frustados”.

“Luego llegó una sensación de ‘normalidad’, que era igualmente caótica. La ciudad estaba muy sucia, por cualquier lugar que caminaba había montañas de basura. Queman la basura en las tardes y puedes ver el humo entre las montañas. También me impresionaba ver en los mercados tipos que vendían cosas que jamás imaginarías: por ejemplo, un montón de cablecitos, probablemente rescatados de una pared derrumbada. El más mínimo residuo seguía siendo útil o reciclable allá. Es una pobreza material muy grande. Cualquier cosa que en otro lugar de mundo no tiene ningún valor, allí lo seguía teniendo”.

UN CONFLICTO PROFESIONALIZADO
Jorge Silva estudió periodismo audiovisual en Ciudad de México. “Comencé a tomar fotos casi desde que entré en la universidad. Viví en Guatemala dos años cubriendo Centroamérica. Quería venir a Venezuela porque me parecía atractivo, y comencé con el paro petrolero de 2002. Hice un curso que dan los centuriones que se supone que debes renovar cada tres años. Lo que más se aprende en esas clases es que las cosas tienen un riesgo real: que una pistola mata, que un cuchillo corta, que no se te ocurra pensar que las cosas no te van a pasar a ti. Pero creo que lo que necesita es estar un poco loco porque la guerra es el peor estado en el que pueden estar los seres humanos. Decidir que vas a arriesgar tu vida para poner de ti y tratar de decir algo. Necesitas ese botón en encendido que te diga que sí, que vas a ir a verlo”.

Cuando Jorge recibió la oferta para ir a Irak le pareció una oportunidad interesante. “Hay momentos en que puedes hacerlo de mejor gana. Ahora es fácil porque puedes ir cuando quieras, porque no hay muchos que quieran ir. Sólo debo preguntar cuándo es el siguiente turno”

Un mes de estadía con las tropas norteamericanas le permitió conocer otro lado de la guerra: el de las escenas cotidianas que evidencian las rutinas de los soldados casi acomodados en dinámicas burocráticas. Probablemente en su caso la brevedad de la estancia sea lo que le haya permitido detenerse precisamente en las historias mínimas, como si se tratase de instantáneas fotográficas.

“Bagdad es un conflicto profesionalizado, desde la seguridad hasta el momento en que puedes tomar fotos, cuándo puedes ir y cuándo no. Sin embargo, dentro de todo el caos que existe tienen un orden muy grande con los medios. Cuando llegué al aeropuerto de Bagdad, en un vuelo desde Jordania, había todo un operativo para buscarme en el aeropuerto y llevarme a la oficina. Todo era absolutamente ordenado”.

“La oficina de Reuters tiene un contrato con una oficina de seguridad, con ex marines que ofrecen esos servicios sobre todo a contratistas de compañías petroleras de Bagdad. Este equipo de Centuriones se encargan de toda la logística. Llegas al aeropuerto y en cuanto te ven, te ponen un chaleco antibalas, te llevan a un auto blindado, con cartuchos y armas debajo, y los tipos te dicen: Mira, cualquier cosa, tranquilo. Yo pensé que iba a ver un poco la onda de la ciudad, pero mi visión fue a través de la ventana del carro blindado”.

“Allá en Bagdad todo el mundo va y viene por cualquier lugar, no hay semáforos ni calles definidas. Todo lo que se ve es el polvo del desierto; la arena te deja una visibilidad corta y tienes siempre como una nube. No tienes idea ni dónde está el norte o el sur.”

MÁQUINAS DE TRAGAR HAMBURGESAS
Después de una hora y media de trayecto, Silva llegó a la oficina de Reuters, ubicada en una calle privada, llena de bloques. “Es un búnker. Tiene tipos armados en la azotea y como seis o siete personas armadas en la entrada”. Luego tardó otros cuatro días en entrar en la Zona Verde, otro búnker con muros de hormigón y más de cien entradas, a las que puede accederse únicamente a pie, para evitar el ingreso de carros bomba.

“Hay como seis cinturones de seguridad antes de llegar allí: un cinturón de soldados daneses, un cinturón de croatas, otro de australianos y de hondureños. La Zona Verde es como un muestrario gigante de mercenarios. Allí sólo está el comando central de la ocupación y el Ministerio de Energía y Petróleo. No hay agencias extranjeras. Yo llegué exactamente el día antes del referéndum. Todos los soldados estaban ocupados con ese montaje, en el show”.

“Cuando entras la Zona Verde te das cuenta que es el gran salón burocrático del ejército. Tienen sus trabajos con horario de oficina. Todo te da la impresión de que son unos verdaderos burócratas de la guerra. No puedes tomar fotos adentro ni tampoco puedes entrar a todas partes. En el salón donde comen los oficiales del ejército, la decoración es muy kitsch, estilo árabe como de los setenta, con palmeras plásticas y paredes blancas”.

“Entras a los antiguos salones de Saddam Hussein y ves a las tropas comiendo. Y es que allí pasan la mitad del día comiendo. Los soldados son máquinas de tragar hamburguesas. Eso de la comida fue muy impresionante. Por ejemplo, los lunes hay langostas, y los demás días hay hamburguesas, papas fritas, platos gigantes de comida. Es como el paraíso de las calorías. De hecho, el sobrepeso es uno de los problemas más grandes del ejército de Estados Unidos. Todos son gorditos. Exceso de comida y de Red Bull, que lo toman como agua y los pone permanentemente eléctricos. En el desayuno había de todo: cereales, yogurt, café y jugos, como en un hotel. A la 1 de la tarde servían carne, pescado, pasta, pizza, hamburguesas, postres, helados. En una base donde estuve llegué a tomar una foto de unos tipos bangladeshes que servían helados después de la cena, desde un puestito de Baskin Robbins, vestidos con gorrito, corbata y moño. Los soldados van y toman su helado después de sus operativos nocturnos. Cuando traduces todo lo que estás viendo en números, la dieta alimenticia de cada soldado son como 35-40 dólares diarios. Y eso por 100 mil soldados”.

En algunas fotografías de Silva realizadas en una de las bases puede verse sobre una de las paredes de los trailers la imagen del logotipo de Burger King. En los comedores de las bases se reproduce el esquema de las ferias de comida (food courts) de los centros comerciales norteamericanos.

“Para evitar infiltraciones, las empresas contratistas que se ocupan de estas franquicias llegan directamente de sus países a las bases en aviones hércules, y viven allí durante 6 a 9 meses, con un pago que está alrededor de 50 dólares por día. Los que lavan la ropa son chinos, los que tienden la mesa son bangladeshes, los que hacen la comida son hidúes. Yo pensé que los soldados hacían todo, pero no, ellos sólo se dedican a patrullar. No tienen que lavar su ropa ni preocuparse por la comida o por las comunicaciones”.

UN DÍA MÁS
“Mientras una mitad del ejército se dedica a darle de comer a la otra mitad, esa segunda mitad es la que tiene tareas operativas. Ellos a su vez están divididos en dos partes: la tropa y los otros soldados que vienen de las escuelas del ejército, que son los que comandan. A los soldados tú los escuchas y están convencidos, tienen en la cabeza todo el discurso de la libertad y de la democracia. Otros son algo más críticos, pero no demasiados. Los demás, los capitanes o los mayores, son tipos que entienden de geopolítica y tienen un poco más claro qué es lo que están haciendo”.

“También hay otros están allí por el dinero. Muchos saben cuánto ganan cada día. Dicen ‘Un día más, sólo por hoy, sólo por hoy’, como el alcohólico que está contando sus días, pero ellos cuentan lo que suman en sus ahorros cada día, para luego irse a sus casas. El soldado más básico, el latino que casi no habla inglés, debe ganar algo así como 4 mil dólares al mes”.

“Hablé con un mexicano que estaba ilegal y cuando ingresó al ejército le dieron su pasaporte americano. Él me decía: Mira, yo tengo 18 años, no tenía trabajo, ni donde vivir; no tenía nada. Si me quedó acá y sobrevivo 4 años, a los 22 soy veterano de guerra y tendré un ingreso mensual de por vida. Luego me enseñó la tabla de descuentos que tienen los veteranos en todas las universidades. Éste es el camino que encontré para estudiar. Voy a poder ir a la universidad casi gratis: a los 22 años me doy de baja y tengo mi cuota de veterano y tengo mi cuota de descuento en las universidades. Y él trabajaba en la cocina, o sea que sus riesgos eran mínimos”
.

En la crónica que escribió luego Jorge Silva sobre su estadía, cuenta cómo una noche confrontaba a un capitán estadounidense sobre el tema de la invasión: “Él argumentaba firmemente la necesidad de libertad y democracia en Irak. Yo sugerí como causa el petróleo. Él lo negó, le pareció disparata y ligera mi sugerencia. Al día siguiente, salimos juntos en una patrulla en la carretera y encontramos un largo convoy, custodiado por hombres armados encapuchados. Eran casi veinte plataformas que trasportaban tramos de oleoducto. Le pregunte: ¿Eso no será para extraer petróleo? o ¿crees que sea para traer democracia por oleoductos? Me contestó: Ah, eso, son los ingleses”.

RETRATOS DEL TIEMPO MUERTO
“Las bases grandes cuentan con un funcionamiento administrativo, donde casi no tienen imprevistos. Son centros de distribución. En cambio, las pequeñas son distintas. Hay más dificultad para subsistir. Los soldados se bañan en un chorro de agua con lodo. Son las que están cerca de poblaciones que están tratando de controlar. Allí hacen las tareas bélicas, rastrean gentes, buscan líderes, hacen contactos comunitarios. Otros hacen trabajo de chicos malos como dicen ellos: patear las puertas, patear familias. Después se encargan de buscar al líder de la comunidad y hacer labores de inteligencia. Así es como ejercen cierto control de algunas comunidades y obtienen información”.

En esta foto, tomada por Silva, un hombre sospechoso de llevar explosivos en el coche es detenido por el ejército de EEUU cerca de Bacuba (Irak) el día del referéndum de la Constitución, el 15 de octubre de 2005.
(Photo Jorge Silva/Seinforma)
Los tenientes no salen de las bases. Mantienen desde allí el control de sus unidades. Pude ver cómo frente a videos infrarrojos van diciendo: Dale, dispara, sigue, bum, vuela, explota. Y todo lo hacen tranquilamente sentados en su silla”.

“Es una locura ver cómo todo este delirio de la organización mental de los gringos, donde ellos creen que las cosas pueden funcionar de esa forma. Una vez le pregunté a un soldado cómo sabían si la gente era suní o shií, y ni siquiera sabía cómo
distinguirlos
“También hay otros están allí por el dinero. Muchos saben cuánto ganan cada día. Dicen ‘Un día más, sólo por hoy, sólo por hoy’, como el alcohólico que está contando sus días, pero ellos cuentan lo que suman en sus ahorros cada día, para luego irse a sus casas. El soldado más básico, el latino que casi no habla inglés, debe ganar algo así como 4 mil dólares al mes".
(Photo Jorge Silva/Seinforma)
distinguirlos. Nadie tiene claro cómo son. Sólo pueden diferenciarlos si conocen sus posiciones religiosas”.

Las casas de las bases, distribuidas simétricamente, pueden verse en sus fotos como containers con las paredes cubiertas por dentro y por fuera con sacos de arena para protegerse de las balas.

“Estuve en dos bases. Son enormes. En la primera, el clima estaba complicado, hubo una tormenta de arena por cuatro días, no había helicópteros ni agua. Había que usar linternas para llegar al comedor o a cualquier otra parte. Las bases son como ciudades. Dentro de una base en medio del desierto encuentras lavandería, canchas de basquet ball, gimnasio. Y eso que yo no estuve en las bases más grandes”.

Las series fotográficas que hizo Silva de su estadía en Irak se concentran en las rutinas de los soldados, en el “tiempo muerto”. En una imagen puede verse un salón para rituales religiosos. Los sacerdotes de diferentes órdenes viajan de una base a otra para apoyar moralmente a las tropas. “El martes tienen un servicio católico; los miércoles hay un servicio evangélico; y otro día hay un servicio mormón. Es raro el soldado que sea desapegado a la religión. Todos son practicantes”. En otra foto puede verse un soldado tomando sol entre sacos de arena y otro con un atuendo deportivo “aderezado” con casco y chaleco antibalas. “Es muy irónico. Casi parece un chiste. Está con short porque estaba jugando fútbol. Es que pasan horas sin hacer nada. Las habitaciones tienen aire acondicionado, calefacción, televisión por cable, conexión a internet”. Sus ojos se fruncen y con una sonrisa mordaz comenta: “Cuando haces llamadas a Estados Unidos con tarjetas telefónicas, antes de pasarte la comunicación, la grabación te dice algo así como: Hola. ATNT te felicita por defender a la patria y llevar tu libertad al mundo”.

UNA SITUACIÓN DE ESTRÉS PERMANENTE
En el tiempo que Jorge Silva estuvo en Bagdad muy pocos periodistas podían salir a a la calle por su cuenta. Sólo era permitido si se trataba de periodistas iraquíes. Los demás debían permanecer con las tropas en las bases o acompañándolos en las patrullas.

“No tuve oportunidad de ir solo a ninguna parte. Si llegas a una comunidad y te ven con chaleco y casco, rompes abolutamente con todo. Así no puedes mimetizarte. Desde que llegué traté de entrar en la prisión de Abu Ghraib, e incluso postergué mi viaje casi 15 días, pero nunca obtuve el permiso. Desde entonces no dejan entrar a nadie de la agencia. Los últimos que lo hicieron fueron dos camárografos que los retuvieron dentro y todavía siguen detenidos allí. Todo desplazamiento es súper complicado porque debes acudir a mil instancias antes de llegar y entrar a un lugar. Las rutas de helicópteros son nocturnas para evitar las bazucas y no pasan todos los días. Así que si quieres ir a algún lado es probable que tengas que esperar dos noches porque el helicóptero no pasa hasta entonces. Yo me desplazaba con los soldados. Todos los días había ataques contra las patrullas. Un día ocurrió un ataque en el convoy donde estaba. Íbamos una caravana con siete y al segundo lo volaron. Yo iba en el sexto”.

“Tú creerías que tienen un procedimiento para operar en situaciones de emergencia, pero son tipos normales, que además tienen 25 años o menos. De pronto están serenos, tranquilos, y en seguida entran en caos. Hubo un día en que se nos pinchó un caucho en medio de una carretera donde podía pasar cualquier cosa y el caos fue tal que de pronto estaban 15 personas tratando de cambiarlo. Los traicionan los nervios. Es una situación muy frustrante para un periodista, porque simplemente no te dejan salir y no puedes ver nada. Los soldados viven en estrés permanente. De cualquier lugar sale un explosivo. La paranoia es tan grande que vi a un soldado con plaquitas de identificación en todo el cuerpo, en los brazos y en los pies, porque si había una bomba y quedaba descuartizado, pudieran identificar cada miembro de su cuerpo”.

UNA FOTO, DOS RETRATOS
“Una foto valió la pena el viaje”, comenta. La tomó el día del referéndum, y en la estampa dejó plasmado el contraste entre poder y humillación: un iraquí, atado contra una camioneta, grita desesperado, mientras en el reflejo de un vidrio se ven los rostros de los soldados norteamericanos sonrientes, disfrutando del episodio.

“Estaba en una patrulla de dos Humvies. Íbamos de una estación de votación a otra, donde había grandes filas de hombres y mujeres. Era como estar en un pueblito bíblico, con todas las mujeres de negro, el río, las palmeras. Ese día estaba prohibido circular en vehículos y que hubiese más de tres hombres reunidos por las calles. Estaban ejerciendo ‘la democracia’, pero un poco a su estilo. De pronto pasó una camioneta Samurai muy rápido por la mitad de la calle. Inmediatamente los soldados pensaron que se trataba de un carro bomba que podía hacer volar uno de estos centros de votaciones. Comenzaron a perseguirlo. El tipo se dio la vuelta y se metió en un camino de tierra. De repente el camino empezó a reducirse y ellos pensaron que era una emboscada. Gritaban: It’s an ambush, it’s an ambush… Pensé: Hasta aquí llegamos”.

“Finalmente nos encontramos con el primer Humvie que ya había detenido a la camioneta. Tenían al tipo arrastrado en el piso. Lo detuvieron, lo amarraron, lo esposaron, lo interrogaban. El tipo no dejaba nunca de gritar. Hablaba, hablaba, estaba como rezando. Cuando le preguntaron al traductor qué estaba diciendo, él dice: Nada, nada, está loco. Y los soldados comienzan a reír y no paraban. ¡Mientras el tipo estaba amarrado, gritando, desesperado, envuelto en tierra, los soldados estaban riendo! Nunca entendí qué pasó con él. La camioneta no tenía explosivos, ni nada. Al final, por placer, le pincharon los cauchos y se lo llevaron detenido para seguir interrogándolo. Lo que me dijeron es que ‘técnicamente iba a la justicia’. Al parecer el tipo nunca se había enterado que había una restricción para circular”.

“El traductor era un soldado iraquí, que hablaba inglés y árabe, pero la verdad es que los americanos ni siquiera estaban completamente seguros de que realmente tradujera lo que decían. Estaban seguros que de vez en cuando cambiaba un poco las cosas para suavizar si le parecía mejor. Entonces están confiando en una traducción de la que no estás seguro”.

“Es cierto que todo el periodismo en Bagdad es absolutamente filtrado. Los americanos saben que necesitan los medios. Te dan ‘libertad’ sólo al ritmo de lo que pueden hacer ellos. Pero también, estar de esa manera es una oportunidad interesante para conocer lo que ellos hacen. En ese sentido no hay ninguna restricción. La mecánica no es la óptima, pero te permite estar desde un punto de vista privilegiado, que de otra manera no conocerías. Puedes ver ese día a día de los soldados viviendo la guerra y te das cuenta que la viven como si fuera un empleo, como empleados de la guerra. Es como si tuvieran un trabajo en el que tienen que salir todos los días, con la diferencia que están expuestos al azar, a que les toque una bomba en el camino o a un francotirador”.

“Por otra parte, me da mucha pena por toda la gente que vive en Bagdad. Lo que han hecho los americanos no tiene pies ni cabeza, ni forma, ni manera de componerse. Es un desastre absoluto”.

*Ana María Carrano es nuestra corresponsal en Caracas, Venezuela. Su actividad periodística siempre ha estado ligada al medio cultural venezolano. Dirige proyectos editoriales y magazines en su país.
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