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CARLOS RIVODO
“Soy reportero del horror”
El reportero de guerra venezolano con mayor experiencia, Carlos Rivodó, ha presenciado numerosos conflictos armados desde los años 70. Entre sus coberturas más prolongadas se encuentran las guerras de Centroamérica y Angola.
“En una guerra la muerte se convierte en algo cotidiano y es muy difícil no involucrarte. Te dicen: Mataron a equis, y te da vaina que lo mataron, pero qué vas a hacer sino un hueco para enterrarlo”, dice Carlos Rivodó, quien aparece en esta foto junto a combatientes del SWAPO en Namibia. (Photos Courtesy Carlos Rivodó/Seinforma Canada)
02/14/09
Por Ana María Carrano / Seinforma Canada
Series Especiales*
Cuando Carlos Rivodó evoca los episodios que ha vivido en conflictos armados desde la década de los 70, habla más como un miembro activo de la guerra que como un observador.
Él, reconoce, es un periodista que toma partido y se involucra. Cómo no hacerlo si tuvo que convivir durante meses y hasta años con soldados que se volvieron sus hermanos. Cómo no hacerlo si los vio morir e incluso cavó algunas fosas para ayudar a enterrarlos. Cómo no hacerlo si vio que esa era la única manera de ganarse la confianza del otro y sobrevivir. No hay duda: la guerra a Rivodó le duele en carne propia.
Su voz es gruesa y prominente, quizás como consecuencia de una leve sordera que le dejó la continua exposición a disparos. La dicción es clara y espaciada, sin vacilación. Rivodó pudiera pasar por locutor de radio, porque su hablar resuena hondo, como si las palabras salieran de una caverna. A ratos se le escapa cierta cadencia en las vocales que suelen tener los jóvenes caraqueños, pero su acento venezolano se pierde con frecuencia en entonaciones cubanas, país donde vivió algunos años y en el que trabajó como corresponsal para la revista Prisma, de la agencia Prensa Latina.
Carlos Rivodó estaba en Italia estudiando fotografía cuando estalló la Guerra del Yon Kipur. Un par de años atrás había vendido todo lo que tenía en Venezuela para viajar a Europa, donde combinaba sus clases en el Instituto del Estado por la Cinematografía y la Televisión con una actividad laboral callejera en la que revendía reproducciones escultóricas de Miguel Ángel. Una rutina buhoneril en la que nadie podía hacerle nada “porque era amigo hasta de los delincuentes”.
Nació en Caracas y creció en El Valle, una zona humilde de la ciudad, bajo la tutela de un “viejo revolucionario español” que era como su padre: “un tipo insólito que me permeó de sensibilidad”. Su escuela era tan pequeña que cada quien llevaba su propia silla para recibir las clases. Cuando tiene 12 años, la presencia de un estudiante de arqueología que alquilaba una habitación en su casa le permitió la entrada al mundo de la fotografía. “Iba con él a las excavaciones y era como una válvula mágica. Él sabía muchas cosas y, entre otras, sabía fotografía. Me dio un libro escrito a máquina que era como un curso y eso me cambió la vida. Me volví como loco. Fue como abrir una caja de Pandora”.
Hija de combatiente, Nicaragua, 1979.
“El poder de un ejército no es sólo el poder de choque, sino el ideológico”.
Aquel 7 de octubre de 1973, apenas supo la noticia de que el día anterior Egipto y Siria habían atacado por sorpresa a Israel, y aprovechando su “cercanía” geográfica circunstancial -tal como suele percibir el latinoamericano las distancias entre países europeos-, decidió irse como corresponsal independiente. Se dirigió a las embajadas árabe e israelita para lograr una acreditación, llevando como referencia una gruesa carpeta de cartas de trabajo y fotografías que había organizado cuidadosamente antes de su exilio voluntario de Venezuela -una del diario El Nacional, emitida por el emblemático fotógrafo de ese periódico, El Gordo Pérez; otra del canal de televisión del Estado, el Canal 8, donde fue fotógrafo de Renny Ottolina -uno de los showman venezolanos más recordados-; y otra del fotógrafo deportivo Fulvio Sassi, su primer mentor en el oficio, quien le enseñó “a ver la luz sin fotómetro”.
Con la visa árabe y la israelita (que se la proporcionaron extrapasaporte para que no tuviera problemas) se montó en un avión en dirección a El Cairo. Al aterrizar, se ubicó primero en una oficina de prensa. En medio del negro espeso de la ciudad sin electricidad, se trasladó al Nilo Hilton, donde se hospedó junto con otros corresponsales. “Estábamos muy controlados por las tropas árabes que nos tenían una guerra psicológica: decían que los israelitas estaban disfrazados de periodistas y que si salíamos solos nos mataban. Pero nosotros nos escapábamos. Yo era nuevo en eso, así que hacía lo mismo que los demás. Nos llevaron a la zona del frente en el Sinaí, siempre bajo el control de ellos”.
“Esa experiencia me abrió otro campo; entendí que yo podía hacer eso. Yo había estado con la guerrilla urbana en Venezuela, durante los años 60, pero eso era como jugar metras, comparado con lo que puede ocurrir en una guerra de esa magnitud”.
“El poder de un ejército no es sólo el poder de choque, sino el asunto ideológico. Los israelitas, entre ellos se pueden decir barriga verde, pero a la hora de los tiros matan al que venga, y al regreso, siguen discutiendo. Por eso es que ese ejército es tan terriblemente poderoso. Cuando un ejército está ideologizado, no hay quien patalee, quien eche para atrás las órdenes. Los árabes, siendo diez veces más que ellos, tienen una actitud tribal ante la vida. Son dominados por jerarcas, por jefes, pero si se fastidian, dejan a los demás guindando. Eso ha pasado incluso en combate”.
Las macabras postales de Managua
Después de la Guerra del Yon Kipur, la madre de Rivodó enferma y decide regresar a Venezuela. En ese tiempo se entera de la insurrección contra Somoza en Nicaragua, contacta a algunos amigos centroamericanos, y vuelve a emigrar, esta vez por más de una década.
Llegó a Managua, la capital de Nicaragua, en 1979, poco después del asesinato en el barrio El Reguero del periodista norteamericano Bill Stewart por la Guardia Nacional, el 20 de junio de ese año. Las imágenes del reportero de 37 años arrodillado con los brazos abiertos y luego ejecutado con un disparo en la nuca estaban recorriendo el mundo.
“Siempre mostré que podía estar allí, sin armas, pero con mi cámara”.
Para muchos, la muerte del periodista de la ABC News fue el comienzo del fin de la dictadura de Tachito Somoza (Anastasio Somoza Debayle), el último representante de una sanguinaria dinastía que tuvo sometido al pueblo nicaragüense por 42 años. El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) -que llevaba 17 años en actividades contra la dictadura somocista y había fortalecido sus acciones desde 1978 (luego del asesinato del director del diario La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro)-, ganaba terreno político internacional con la muerte de Stewart.
“El ambiente era demasiado tenso. Si estabas cerca de la Guardia Nacional, te miraban y te daban un tiro. Decían que iban a matar a cien periodistas. Me fui rápidamente e hice contactos fuera del país con la guerrilla y entré con ellos desde el sur por la montaña, pero del norte también venían avanzando otros grupos guerrilleros. En esa época no se podía enterrar a un guerrillero porque acribillaban a los dolientes. Yo ayudé a una señora a enterrar a su hijo en el patio de su casa. El pueblo se insurreccionó contra Somoza y contra la Guardia Nacional y levantó las calles. Fue a tiros, a mordiscos y a pedradas que lo tumbaron, junto con la guerrilla sandinista que estaba en el monte”.
Cuando se refiere a las crueldades cometidas por la Guardia Nacional de Somoza, Rivodó recuerda particularmente unas macabras tarjetas de Navidad encontradas en una gaveta del jefe de Inteligencia de la Guardia, junto a una bandera, un paquete de marihuana y una pistola. “La persona que abrió esa gaveta y me dio las tarjetas es un amigo. Me dijo: Quiero que las guardes porque son un testimonio de la historia. Tengo como diez, donde aparecen las fotos de las personas asesinadas por ellos. En una están unos niños de unos 10 años, degollados”.
Finalmente, el 17 de julio de 1979 Somoza huyó del país y dos días después la Junta de Reconstrucción Nacional se hizo cargo del gobierno. La descripción que hace Rivodó sobre Managua durante esas semanas asemeja un infierno: muertos tirados por todas partes, algunos completos y otros quemándose para evitar epidemias; un persistente hedor a carne muerta, a sangre vieja; laberintos entre las calles, los adoquines extraídos para formar barricadas; bombillos callejeros destruidos a tiros; noches sin luz; enfrentamientos continuos entre las bandas locales. “Hasta que la Junta inventó una operación de desarme. Tomaron la ciudad, barrio por barrio, en un proceso bien planificado. Metían las armas en esos camiones donde trasladaban la caña de azúcar. Recogían tantas armas que ocupaban los camiones hasta el techo”.
La ciudad vuelve a estar en calma, pero no por mucho tiempo. Con el objetivo de combatir el régimen sandinista, desde Honduras, Costa Rica y Miami se forma la Contrarrevolución, con nicaragüenses somocistas auspiciados por el gobierno de Reagan. “En ese año voy a Salvador, Guatemala, Panamá, que era el centro de la conspiradera. En Costa Rica no había guerra pero había cientos de nicaragüenses involucrados a favor de uno y de otro. Cuando uno está cubriendo conflictos, uno coge un avión como coger un taxi”.
Una larga estadía en la guerrilla Sandinista
Durante la guerra con la Contra, los combates se hacían en la montaña y en los pueblos más alejados de Managua. Rivodó estuvo en un pequeño pueblo llamado Jalapa, donde ocurrió la batalla de Teotecacinte. “Allí metieron 4 mil contras en un solo día y empezaron a bombardear a la población; pero lo que mataron con los morteros fueron niños, porque los hombres estaban peleando”.
“La muerte se convierte en algo cotidiano. Te dicen: Mataron a equis, y te da vaina que lo mataron, pero qué vas a hacer sino un hueco para enterrarlo. En una ocasión estábamos en un sitio sentados comiendo en unas laticas. Yo prendí la grabadora como solía hacerlo en algunos momentos. Luego, cuando escuché la grabación, parecía una película narrada. Se oían las guerrilleras y algunos soldados, al fondo sonaban los perolitos. Entonces se escucha la voz de una mujer que dice: Un avión, y se queda todo en silencio. Y oyes clarito el avión en la grabación. Otro dice: Ya van a bombardear. Y oyes aquel carajazo de bomba que cae. Otro comenta: Coño, le van a contestar. Era como si supieran lo que iba a pasar. Ya le van a tirar con las “cuatro bocas”, que son unas ametralladoras antiaéreas que tienen cuatro bocas y suenan tan duro como un trueno… y nadie dejó de comer. En toda la conversación se escuchaban siempre los perolitos de fondo, mientras las bombas caían a 50 metros de nosotros”.
“En Nicaragua había mucho voluntario, y mucha gente con miedo. Las bombas incendiarias, los barriles de gasolina, las bombas de 500 libras asustaban mucho. No se puede pelear obligado, porque no se puede obligar a morir. Y allí eso estaba pasando, porque esos voluntarios daban ganas de llorar. Algunos eran niñitos hasta de 10 y 11 años, unos pelaítos que no tenían vida al enfrentarse con la Contra. Además eran débiles ideológicamente”.
“En la guerrilla había un comandante que se llamaba Walter Ferreti, alias Chombo, un campesino que quise muchísimo. Él era la concepción más pura de lo que es un héroe, el héroe popular, valiente. Cuando los sandinistas asaltan al Congreso y toman de rehenes a los diputados, que es lo que conduce a que saquen de la cárcel a Daniel Ortega y a otros personajes, él es el tercero a bordo, aunque en realidad era uno de los que estaba al mando”.
“En una ocasión me llevó a una operación relámpago donde debían evitar que sacaran un comandante de la Contra de una de las bases de los norteamericanos que se encontraba en la Isla del Tigre, cerquita de la frontera con el Salvador y Honduras. Se podían ver las luces de la isla desde tierra. Para llegar a esa costa había que caminar 17 kilómetros por la orillita mojada y devolverse inmediatamente. Esa noche no se veía nada, llovía a cántaros. Los morteros, que tienen un plato enorme y redondo, de acero, que pesa como 80 kilos, se amarraban en el lomo de los soldados. Igual que las arañas, que son unos lanzagranadas inmensos. Algunos hombres se desmayaron y se quedaban en la orilla mientras los demás seguíamos. Llegamos, se ensamblaron las armas y dispararon durante unas tres horas. Luego nos regresamos corriendo porque venían las lanchas pirañas de la Contra, unas que tenían ametralladoras en la punta y dos a los lados”.
La forma en la que Rivodó cuenta sus anécdotas se acerca a la narración de un aventurero sobre sus grandes episodios. Saborea la reconstrucción de los hechos y precisa con emoción los momentos de supervivencia extrema.
“Generalmente dormíamos en el suelo, en medio de la selva o de la nada; incluso sobre la tierra mojada. Y dormíamos como bebés porque el cansancio era demasiado grande. En la guerrilla nicaragüense había una retaguardia donde se producía la comida para los que combatían, porque el que no puede dejar de comer es el que está peleando. En esas operaciones tipo comando la gente se lleva sus provisiones de combate. A mí me daban un morral con latas y una cantimplora con agua”.
“El hambre se soporta. He estado hasta tres días sin comer, con la barriga pegada al espinazo, con sólo buchitos de café. Pero las emboscadas son lo más terrible. Un día me tocó vivir dos emboscadas seguidas en la misma noche. Eso fue cuando avanzó el ejército sandinista hacia Managua. Nos montamos en un Jeep descapotado e íbamos por una montaña donde no se veía nada. El tipo que estaba sentado en el asiento de adelante llevaba el fusil entre las piernas y el primer tiro lo recibió el cañón del fusil, que tenía a la altura del pecho. El fusil se desbarató, pero desvió la bala y el tipo se salvó. Todo el mundo se tiró en el suelo. Sólo podían verse los candelazos de los disparos. Fue como media hora de tiro, tiro y tiro. Finalmente el grupo repele la acción y dejaron de disparar o los mataron. Salimos en estampida de ese lugar, con un loco que manejaba a todo lo que daba ese carro, en medio de la lluvia y sin ver muy bien a dónde iba. Era como salir de una cueva sin luces”.


Internacionalistas caídos, Nicaragua, 1979
“A mí me gusta la guerra. No es que me guste ver matar gente, pero sí la adrenalina que se respira allí. Hasta hoy me ha gustado. Si a mí me da miedo no voy más, porque los que primero se mueren son lo que tienen miedo”.
“Por si fuera poco, cuando llegamos al pueblo comenzaron a dispararnos porque pensaron que éramos somocistas. Salimos corriendo, arrastrados por el charquero, y nos metimos en una casa vacía sin puerta. Llevábamos días sin bañarnos y estábamos hediondos a diablo. Sentíamos cómo las balas pegaban en el techo. Teníamos hambre. Allí nos quedamos sentados hasta que amaneció. La camioneta parecía un colador. Hasta que alguien gritó: ¡No son de la Contra! Después hasta nos ofrecieron desayuno”.
“Las guerras en Centroamérica eran demasiado duras porque eran guerras personales, de comandantes, de grupos. Yo voy a machucar a este, porque yo sé que mañana si yo soy el capturado, me machucan a mí”.
“Para estar en una guerra como esa te tienes que involucrar. Es distinto cuando te involucras a cuando estás indefenso y sospechas de la gente que está cerca de ti, a quienes aterrorizan, los matan, los torturan y además dejan las evidencias”.
El terrorismo de Estado en Guatemala y El Salvador
Rivodó fue a Guatemala para cubrir la guerrilla en el Quiché, una zona de montañas “llenas de niebla y bosques de pino”. Como la guerrilla no permitía la prensa, siguió las coordenadas que le dieron en la frontera: ir como turista y tratar de meterse poco a poco. Llegó en un taxi a la montaña y logró lo que quería: hacer fotos de lo que estaba pasando, registrar a los guerrilleros.
“Cuando decidí regresar a la ciudad, caí en una emboscada de los kaibiles (ex militares de élite contrainsurgente del Ejército de Guatemala), que en realidad eran tropas de asesinos que había en Guatemala. Solían bajar a la gente de los autobuses y los mataban a todos. Ese fue uno de los momentos que más cerca he sentido la muerte. Me bajaron con un fusil metido en el cuello y el tipo le preguntó al otro: ¿Lo mato? El otro no le contestó. Agarraron al taxista, lo patearon y lo tiraron en el suelo”.
Rivodó permaneció sereno. Para darle credibilidad a su papel de turista, les mostró máscaras de rituales guatemaltecos que traía del Quiché y algunos jugueticos con tejidos indígenas que había comprado para su esposa e hijo.
“El tipo me dijo: Pa’ ve, y se asomó al asiento de atrás. Finalmente escucho: Déjalo ir, que se vaya rápido. De la angustia, el chofer casi se mete por la ventana. Ese día nací porque caer en manos de ellos era morir. Cuando seguimos, vimos un montón de gente muerta por el camino”.
“En Guatemala no se sabe la mitad de lo que pasó. Allá se puso en práctica el mismo criterio que se utilizó en Vietnam usando como parábola la frase de Mao Tse Tung de que el guerrillero es a la población como el pez es al agua. Los gringos crean la teoría militar que lo que hay que hacer es quitarle el agua al pez para que se muera. Así matan a la población y la desvanecen, asesinan a sus hombres o crean las aldeas estratégicas: unos sitios de encierro, unos campos de concentración donde los torturaban y los mataban”.
“En El Salvador pasaba algo parecido: las unidades guerrilleras eran obreros o campesinos que trabajaban de día, y de noche hacían contingentes de 900 hombres para combatir. Todos eran los mismos, era el pueblo. Había alambradas en las calles. Si pasabas por los puntos militares era a riesgo de que te mataran. La gente estaba muy asustada. Eran enfrentamientos con gente invisible. Los guerrilleros eran a lo mejor los mismos tipos que estaban de taxistas. Si los Escuadrones de la Muerte sabían que tú habías sido amigo de un guerrillero, tu cabeza aparecía en la casa de otro. Si sólo te saludaba un tipo que ellos sospechaban que era guerrillero, te mataban. A miles de personas le cortaron la cabeza”.
“En ese tipo de guerra, cuando la guerrilla está dentro de la población civil, no es que uno viera tanques disparando hacia allá y otros hacia acá. Más bien lo que ocurre es un terrorismo de Estado, donde se genera miedo a la población con asesinatos y torturas a la vista de todos, y dejan los cuerpos tirados en la calle, sin importar si son niños, mujeres o viejos. Además lo hacen con una impunidad absoluta”.
En Angola con los cubanos
A través de “sus panas” en Cuba, Rivodó logró que lo enviaran a África a cubrir la guerra de Angola. Le ofrecieron ir en las mismas condiciones que los soldados y aceptó. Dieciocho horas de vuelo con unos 200 militares hasta llegar a Luanda, la capital. Después de unos días en la ciudad, salió a los frentes de guerra. Más adelante fue al Congo y en Namibia con el SWAPO. En total, permaneció alrededor de ocho meses en suelo africano.
“De niño soñaba con irme a África sin saber cómo era. Conocer el África subsahariana es un impacto cultural demasiado poderoso, porque finalmente entiendes cosas de las que vivimos hablando como la miseria. En Venezuela no hay un solo miserable. África es el continente olvidado, sumido en la más horrible condición social. Las mujeres en Luanda, por ejemplo, tienen un promedio de vida alrededor 42 años, aparentan 70 y tiene 40 porque son tratadas como esclavas. Entonces, cómo salen esos países de esos laberintos. Además las grandes potencias se han ocupado de que eso persista así, porque les han robado sus pertenencias, los diamantes, les han robado todo”.
“Lo que le hizo Portugal a Angola todavía podía percibirse cuando yo estaba allá. Cuando le preguntaba a los negros por qué la gente seguía viviendo en quimbos (chozas) si había haciendas intactas y abandonadas desde hacía 20 años, te respondían: ¿Y si viene el blanco? Si por mirarlos de frente los mataban”.
“La de Angola era otro tipo de guerra. Los soldados se movían en gigantescas unidades militares, lo que llaman las unidades tácticas que se autoabastecían, que tenían división, militar, infantería, logística, inteligencia”.
Rivodó aclara una vez más que nunca ha sido fotógrafo de retaguardia, que le ha interesado estar con los soldados, involucrándose como uno más.
“Yo siempre estuve con los exploradores que son los que se mueren, los que se metían 60 kilómetros dentro de territorio enemigo. Ellos son los que desminan campamentos para que las unidades tácticas del ejército avancen. Eso es un trabajo insólito, el concepto más puro de lo que son los hombres. Solíamos decir que ese era el único circo donde no había payaso sino pura fiera. Por eso acabaron con el Apartheid y lograron que el SWAPO tomara el poder en Namibia. Eso es producto de lo que pasó en Angola. El MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola) tomó el poder gracias a la derrota que los cubanos infringieron al ejército surafricano”.
“En esa guerra el frente se movía hacia el desierto. No había agua. Había que buscarla a 60 kilómetros de donde estábamos. Cuando los soldados veían millones de gallinas de guinea, esas que son pintaditas arriba y no tienen cola, les zumbaban una granada y morían trescientas. Con eso se alimentaba a toda la tropa. Como los exploradores no pueden hacer ruido, puedes estar hasta un mes con el morral lleno de laticas. Los africanos, en cambio, colgaban los perros del desierto y cuando estaban podridos se los comían, porque les gustan así”.
“La guerra en Angola no era visualmente tan terrible como en Centroamérica. No es una guerra cuerpo a cuerpo, sino más tecnologizada, de aviación y de artillería de largo alcance. A lo mejor no era una guerra visualmente tan cruel. En Centroamérica, la gente chocaba a diez metros en la selva y el muertero estaba por todos lados”.
“Cuando los surafricanos lanzaban un cañón que se llamaba G6, que es de mi tamaño, la arena se cristalizaba. Eso llega a 6 o 7 mil grados de temperatura. En la guerra tienes que aprender a convivir con eso igualito que un soldado”.
“Yo estaba en el suroeste, con unidades que se desplazaban hacia el este que limpiaban toda esa zona de enemigos surafricanos. El ejército cubano era un ejército pequeño, pero súper combativo. Hay soldados con moral, con ética y con ideología. Esos son los mejores. Yo sobre todo defiendo a las tropas cubanas, porque no hay torturados. Claro que matan gente, porque esa es la idea, pero el concepto del ensañamiento no existe”.
Ser cronista de horror
Los ojos cansados de Carlos Rivodó brillan y hasta parecen agrandarse cuando habla de los episodios más duros. Luego de recordar el momento de haberse estrellado en un avión en medio de la selva del Darién, en Panamá, cuando acompañaba a un viceministro en campaña electoral, seguidamente pasa a saborear el pescado picante y el arroz con leche de coco que les prepararon los indígenas cuna que los recibieron mientras esperaban el rescate. Pareciera estar inmune o demasiado acostumbrado a los extremos de la guerra.
“Hay dos seres que pueden ser muy duros en la guerra. Las mujeres y los niños. Las mujeres porque son muy definitivas cuando deciden hacer cosas, y los niños por su falta de temor ante la muerte, su falta de concepto ante el bien y el mal. Puede pasarte cualquier cosa en manos de los niños. He visto niños de 7 y 8 años machucar gente, que pudieran ser mis nietos o mis hijos, armados hasta los dientes con fusiles y granadas”.
“Creo que hay que tener ciertas características para hacer un trabajo como éste. No es que uno se sienta superior a nadie, pero no le puedes tener miedo a la muerte, porque ocurre todos los días. Se te cambia la vida, los preceptos ante lo moral, ante Dios. La gente cree que la guerra es como las películas, que viene alguien al final y te salva. Pero no es así. Yo no tengo principios religiosos. Antes dudaba, pero ahora no tengo”.
“En Venezuela alguien tuvo la osadía de escribir en un periódico que le hace oposición al gobierno un titular que decía: ¿Quieren guerra? ¡Vamos pues! Me parecía insólito. Era como si el periodista pudiera estar al margen de una guerra. Que nadie le va a tocar su familia o su casa. Eso es irresponsable y de una ignorancia catastrófica”.
“Yo he visto despellejar niños, arrancarles la cabeza a mujeres. Mientras más maldad y más saña exista, mejores son los soldados. Porque ese es el objetivo: exterminar a los otros”.
“Uno es un cronista de ese horror. Uno echa un cuento, sobrevivas o no. En ese trabajo entran en juego otras cosas: primero, el conocimiento tuyo de lo que está pasando; segundo, no dejar las cosas al azar, aunque también el azar y la fortuna tienen que ver con tu sobrevivencia. No se puede llegar como un paracaidistas porque lo más seguro es que te maten. Hay que entender cómo es la cosa, quiénes son los hombres que están peleando. Hay que entender que hay un lenguaje y un metalenguaje implícito en todas esas estructuras paramilitares o guerrilleras para salir indemne de esa situación”.
“Tampoco le puedes tener miedo a los tiros, porque una cosa son dos tiros y otra cosa es un bombardeo de artillería. Algunos, cuando estábamos en Nicaragua, en la guerra contra Somoza, al oír los helicópteros se hacían pupú en los pantalones. Y no es un eufemismo. Yo siempre mostré que podía estar allí, sin armas, pero con mi cámara, con los hombres que más he querido en la vida, que son esos tipos que están en los frentes de guerra, donde todo es extremo. El amor, la solidaridad y la crueldad son extremos”.
“A mí me gusta la guerra. No es que me gusta ver matar gente, pero sí la adrenalina que se respira allí. Hasta hoy me ha gustado. Si a mí me da miedo no voy más, porque los que primero se mueren son lo que tienen miedo. Se te pegan el miedo y el valor con la misma intensidad. Tú ves a los soldados dirigidos por hombres que son anormalmente arriesgados y sus soldados son igualitos a ellos. Si ese jefe trastabilla o se asusta, los matan a todos. Yo tengo rollos de fotografía donde están los soldados vivos y los tipos muertos, en sólo treinta fotos”.
*Ana María Carrano es nuestra corresponsal en Caracas, Venezuela. Su actividad periodística siempre ha estado ligada al medio cultural venezolano. Dirige proyectos editoriales y magazines en su país.