A un año de la llegada de Barack Obama al poder, la figura casi mesiánica con la que era identificada ha quedado opacada tras la sombras de sus propios fracasos. (Photo verumserum.com /Seinforma)
Los Superhéroes no existen
Si hay algo que sedujo a los millones de incondicionales seguidores de Obama alrededor del mundo fue sin duda la pegajosa y sonora frase del “Yes, we can”. Sin embargo, lo que ha quedado claro a un año de su mandato es que las estrofas de victoria deben ser pronunciadas solo cuando hay hechos que las respalden.
03/07/10
Por Ligia Arias Diaz /Corresponsal Seinforma Canadá Lima.- No es que haya sido un año totalmente malo para el hombre más poderoso de los Estados Unidos, lo único cierto es que tanta expectativa solo aclaró una verdad: Los superhéroes no existen.
Desde el Medio Oriente hasta Latinoamérica, la admiración no pudo contener la decepción. En América Latina, los gobiernos habían venido presionando fuertemente a Washington para que finiquitara el bloqueo impuesto sobre Cuba, obteniendo una tibia respuesta que no los dejó satisfechos. De otro lado, el golpe en Honduras demostró lo difícil que resulta cualquier intento estadounidense de reconciliación multilateral latinoamericana.
La figura apática e indiferente de los Estados Unidos hacia sus vecinos hispanohablantes se hizo evidente para muchos gobernantes, al no hacer ni siquiera el intento de restituir a Zelaya y aceptar sin más las elecciones presidenciales del 29 de noviembre a pesar de la férrea oposición de la comunidad internacional.
Peor impresión causó el acuerdo entre Estados Unidos y Colombia, por el que tropas estadounidenses pueden utilizas bases colombianas en un intento de frenar, supuestamente, los actos subversivos de los grupos guerrilleros y narcotraficantes. El pacto solo llevó a complicar las relaciones y a ventilar frases de desconfianza. Chávez gritaría que tal acción solo resultaba ser una “ amenaza” para la región. La foto armoniosa de la V Cumbre de las Américas, en Trinidad y Tobago donde Obama prometía una alianza entre iguales y una nueva era en las relaciones ya no era la misma.
En noviembre pasado Lula da Silva se quejaría de que EE.UU. no prestaba mucha atención a América Latina, mientras que Chávez volvería a la carga con su acostumbrada vista crítica, a ojos del presidente venezolano, Obama resulta siendo demasiado débil para enfrentarse al Pentágono o a la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
El panorama, sin embargo, parece más claro, poco se ha hecho para lograr una verdadera integración. Si a George Bush le parecía una pérdida de tiempo echar una mirada a la región vecina, a Barack Obama parece faltarle decisión. Su política exterior ha estado mirando al desierto debido a la presión mundial, mientras Latinoamérica ha ido alejándose cada vez más de sus manos.
La buena noticia es que gracias a este distanciamiento, las tendencias de la región, políticas y económicas ya no dependen enteramente, como antaño, de los movimientos de Washington. Sin embargo, esto no significa que no sea importante una alianza sólida: los desafíos, la crisis y el crimen organizado necesitan un plan en común para ser erradicados.
La misma cosa
En general, Obama no puede jactarse de romper con el esquema de su antecesor, ni ha mostrado resultados positivos. Su intento de diálogo con Irán y el inicio de la retirada de tropas de Iraq fueron tomadas como el inicio de algo más, pero no lo suficiente como para convencer a los expertos. Decidido a intensificar la lucha en Afganistán, ha duplicado el número de fuerzas invasoras, pero la promesa de mejorar la imagen de los Estados Unidos ante el mundo aún no está completada.
Guantánamo, por ejemplo, no pudo ser borrada de la lista de pendientes, pues el Congreso se niega rotundamente a pagar por la transferencia de los reos a prisiones del país y los demás países tampoco están de acuerdo con recibirlos. Con una política externa en apuros, el Premio Nobel se convirtió en un regalo adelantado de lo que muchos aún esperan que llegue a pasar. Si algo tienen que agradecerle los estadounidenses a su presidente es el haber evitado un colapso económico, pero solo eso, pues el déficit presupuestario sumado al desempleo han hecho más difícil superar la crisis. Quizá por esto, muchos afirman que el desafío presenta un tono similar al que se le presentó a Ronald Reagan en 1982, cuando vio cómo la economía hundía su popularidad hasta por debajo del 40%.
Y es que el nivel de aprobación del actual presidente de los Estados Unidos durante su primer trimestre fue superior al 63%, mientras que al concluir su primer año se situó en un 51%, una cifra baja en comparación a los otros presidentes de su país elegidos desde la Segunda Guerra Mundial, pero con una pequeña ventaja al 49% de Bill Clinton.
Con el inicio de un nuevo año, los desafíos siguen incrementándose, el “Yes, we can” tiene ahora una connotación realista sin el encanto con la que la oímos la primera vez, el hechizo se ha acabado ya y lo único importante, de aquí en adelante, son los resultados.